Dio la absolución general en la tragedia de Urda: soy sacerdote, quería llevar gente al cielo

El párroco de Los Yébenes, Fernando Fernández de Bobadilla, impartió la absolución general en medio de la tragedia ferroviaria en Urda (España), con el propósito de ejercer su ministerio sacerdotal: “llevar gente al cielo”.

Pasadas más de 24 horas desde que colisionaran dos trenes de alta velocidad que se dirigían a Sevilla desde Madrid el miércoles 28 de octubre, el P. Fernando comparte con EWTN News una reflexión de lo vivido desde el punto de vista espiritual, más allá de la descripción del lugar del accidente donde, reconoce, “la cosa era verdaderamente dantesca”, como había transmitido en un largo audio a sus hermanos que, a las pocas horas, se hizo viral en toda España.

“Me acerqué al sitio con la idea de que soy sacerdote, que lo que quería era ejercer mi ministerio sacerdotal que, en definitiva, muy sintéticamente es llevar a la gente al cielo. O sea, administrar la gracia de la salvación”, resume.

Con ese celo apostólico en el corazón y ante la imposibilidad de atender a todos uno a uno en medio de la tragedia, recordó la posibilidad de impartir la absolución general en peligro de muerte, que está recogida en el canon 961 del Código de Derecho Canónico, la ley eclesiástica católica.

“Veía que había allí muertos y gente que se iba a morir y, entonces, en voz alta, imploré la misericordia de Dios y administré la absolución sacramental, colectiva y con intención general de todos los pecados de la vida de estas personas”, describe.

“Soy el cura, vengo a rezar por ti”

Una vez impartida la absolución sacramental, intentó “consolar, ayudar, preguntar, acercarme a cada persona, transmitirle de alguna manera el amor del Señor y que no estaban solos”.

«Soy el cura, vengo, estoy rezando por ti», les decía mientras descubría que esas palabras suscitaban en algunos una lágrima de emoción o una sonrisa de gratitud. Incluso, atendió a una chica de los Estados Unidos, haciendo valer su «inglés chapurreao», le dijo «I pray for you. Y, la pobre, se sonrió».

Así estuvo hasta que se puso a disposición de los sanitarios, colaborando en lo que fuera necesario.

La vicariedad, una espiritualidad radicalmente sacerdotal

El párroco rememora que le debe al Venerable José Rivera, quien fuera su director espiritual, “esa espiritualidad radicalmente sacerdotal que es la de víctima, la de ofrenda”, la misma que difundió el también Venerable Mons. José María García Lahiguera, fundador de la Oblatas de Cristo Sacerdote.

Se trata, explica, de ser “sacerdote y víctima”, con una característica particular, la vicariedad, que supone “ofrecerse por los que no se ofrecen, rezar en el lugar de los que no rezan, mortificarte en lugar de los que no se mortifican”.

Esta espiritualidad pone en acto una “dimensión del Cuerpo místico que encuentra su raíz más honda en las palabras de Jesús en la cruz cuando dice: ‘Perdónalos porque no saben lo que hacen’, cuando allí nadie estaba pidiendo perdón”.

“Que no se pierda este sufrimiento”

Siguiendo esta vivencia espiritual, el presbítero interiorizó, en medio del dolor entre cuerpos y hierros retorcidos, una idea que resonaba «como una especie de motor, dentro de su corazón: «Que no se pierda este sufrimiento». Así, tomó la disposición interior de «ofrecerlo a Dios unido al sufrimiento de Jesucristo».

“Quizás estas personas no saben nada de ello, pero Dios sí lo sabe. Y como Dios sí lo sabe, pues Dios sabe cómo apañar las cosas” para que algo que “puede ser inútil, se convierta en útil de verdad en su plan, en su proyecto”, detalla.

“El sufrimiento del que tiene las piernas cortadas, es suyo y para él. Nadie puede sustituirlo. Pero la intención de cogerlo y de presentárselo al Señor, no”, ejemplifica. Se trata, subraya, de actuar como oraban los pastorcillos de Fátima: “Yo creo, espero, adoro y os amo por los que no creen, por los que no esperan, por los que no adoran, por los que no aman”.

El P. Fernando Fernández de Bobadilla, comparte que la vivencia de esta espiritualidad de la vicariedad se le presentó de modo luminoso a través del testimonio de un joven exdrogadicto, contagiado de VIH, que visitaba a sus amigos enfermos en el hospital:

“Era la época del sida mortal y, después de estar con ellos en la habitación, se bajaba a la capilla del hospital y le ofrecía al Santísimo los sufrimientos del que estaba en su habitación, que no se los iba a ofrecer. Él los cogía y se los llevaba al Señor”, recuerda.

“Lo bonito que es ser sacerdote”

El párroco de Los Yébenes se emociona al recordar la inmensidad de gestos y acciones que guarda en su corazón del personal de rescate, los sanitarios, los guardias civiles: “En medio de ese nido de dolor y de sufrimiento, era una presencia de esperanza”.

Por otro lado, tras esta experiencia, asume que “te das cuenta de lo bonito que es ser sacerdote en esas circunstancias tan dolorosas. Para muchos será un signo de lo que sea, pero tú no dejas de ser, porque lo eres, un signo de la presencia de Dios y de la misericordia de Dios en medio del mundo. Y eso, vale la pena, claro que sí”.

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