“No tenemos que ser imitadores más que de Cristo”

Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en la Eucaristía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, celebrada en la Catedral el 19 de julio de 2026. Por el 10º aniversario del fallecimiento de Carmen Hernández, cofundadora del Camino Neocatecumenal.

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Queridos diáconos,

Queridos miembros del equipo responsable itinerante del Camino Neocatecumenal,

Queridos hermanos y hermanas que camináis en este carisma en la Iglesia,

Queridos hermanos y hermanas en el Señor que habitualmente participáis de esta celebración el domingo, el día del Señor,

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios que, como nos recordaba el Señor el domingo pasado, es esa siembra en nosotros. Esa siembra que está llamada a dar fruto y que, como él mismo nos explicaba, tiene que dejar a un lado, pues, todo aquello que aparte de la fecundidad, esa semilla que Dios ha sembrado en nuestro corazón y que hemos de examinarnos constantemente. Para preservar esa semilla y que fructifique. Y fructifica quitando de nosotros lo que nos aparta de Dios y de los demás, quitando de nosotros lo que queramos hacer compatible con Dios y que no lo es. Y que fructifica abriendo el corazón y no siendo impermeables a la Palabra de Dios. Ni siendo superficiales, sino procurando tener raíces en nosotros mismos.

Y hoy la Palabra de Dios… ¿Qué nos trae la siembra en este domingo? El Señor continúa haciendo esa predicación y utilizando este género. Este género pedagógico de ejemplos para que la gente entienda.

Y él también nos hace la homilía, porque Él nos interpreta la parábola. Nos tenemos que aplicar el cuento. Y Él mismo nos lo ha explicado. Yo quisiera fijarme precisamente pidiendo las luces del Espíritu Santo, que San Pablo, siguiendo el texto que venimos escuchando los domingos del capítulo ocho de la Carta a los Romanos, nos habla de la vida en el Espíritu. Y esa vida hace que el Espíritu sea el que en nosotros actúe conformándonos con Cristo, incluso haciendo que nuestra oración sea eficaz. Que nuestra oración siga según Dios. Con gemidos inefables, nos ha dicho san Pablo.

Él también nos dice que no podemos decir Jesús es el Señor si no es por el Espíritu Santo. Luego, que ese Espíritu Santo ahora nos asista para que acojamos esa palabra del Señor que ha sido sembrada. Esa palabra que nos hace conformes con el querer de Dios. Y esa palabra hoy, os iba a decir que nos habla de paciencia, la paciencia de Dios.

Hay un autor que ahora ha publicado un libro, un historiador de la Iglesia, que habla de cómo se expandió la Iglesia en los primeros siglos, los cuatro primeros siglos. Y no fue precisamente con una evangelización a toda pastilla. Ni con tratados. No hay ningún tratado sobre la evangelización en los cuatro primeros siglos cristianos.

Los cristianos evangelizan con su ejemplo, con el “habitus”, que llamaban los romanos, con la paciencia. Ya Tertuliano escribe sobre la paciencia. Cipriano de Cartago, que encabeza toda la iglesia del Norte de África, la gran Iglesia, la de Orígenes, la de Agustín. La de Cipriano antes, en medio de las persecuciones, con la paciencia. La paciencia que nos hace semejantes a Dios, que es tan paciente con nosotros que espera permanentemente que conformemos nuestra vida con su querer. Que nos levanta una y mil veces, que nos perdona, que es misericordioso.

Y hoy el Señor nos pone el ejemplo de la parábola del trigo y la cizaña. No queramos, nos dice, quitar la cizaña mientras está creciendo a la vez que el trigo, porque podríamos arrancar el trigo. El Señor nos invita a tener la esperanza de que Él es el juez. Y esto no significa que seamos unos cristianos pasivos, al contrario. Como los primeros cristianos, convenceremos con nuestras obras, con nuestra vida. “Mirad como se aman”. Y así se agregaban a la comunidad cristiana, preguntándose,  ¿por qué este es así?

¿Por qué este perdona? ¿Por qué éste habla bien? ¿Por qué este me aconseja? ¿Por qué este es fiel? ¿Por qué este ama la vida? ¿Por qué este es honesto? ¿Por qué este pone la otra mejilla? ¿Por qué este reza por los que le persiguen? ¿Por qué este? ¿Por qué esta? Y esto era lo que convencía. Y esto les llevaba a ser pacientes en el martirio y a ser pacientes con los que la propia comunidad llevaban su tiempo.

No todos igual. Cada uno tiene una parte de siembra, como nos dice el Señor en los talentos. Cada uno crece de una manera. La paciencia de Dios, queridos amigos, es la gran lección de este domingo. Y esa paciencia de Dios es con la semilla. Y esa paciencia de Dios es con la levadura. Va creciendo, va fermentando. Apliquémoslo a nuestra vida con esa sabiduría que nos da el Espíritu.

Y aprendamos de Dios. Ese Dios que, como hemos escuchado en el texto de la sabiduría de los libros sapienciales, cuando ya el creyente tiene que comfortarse con el mundo griego, con el mundo de la razón, donde nos habla de que el Señor… Pero tú, Señor del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres.

Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores. Queridos amigos, no seamos inquisitoriales. La Inquisición nunca le ha ido bien a la Iglesia. No seamos de estilo inquisitorial, seamos indulgentes, seamos misericordiosos, nos dice Jesús, como vuestro Padre celestial es misericordioso. Lo cual no significa que digamos que lo blanco es negro, ni que nos dé igual ocho que ochenta.

Seamos muy claros en la doctrina. Seamos muy indulgentes con las personas. El Señor va haciendo crecer, el Señor da su gracia. El Señor va dando esa progresión en unos y en otros. Cada uno según la medida de su corazón.

Es lo que vamos a pedirle. Y hoy tenemos el ejemplo por el que damos gracias al Señor, de Carmen Hernández. El Señor la puso, el Señor la llevó por caminos. A esta mujer nacida en Soria, en un pueblo muy importante de Soria, cerca de Ágreda, camino de Navarra. De esta manera que ella después se traslada con su familia a Tudela. Y esta mujer, que para su generación es una avanzada, porque estudia Químicas en Madrid… Esta mujer va descubriendo la voluntad de Dios, entra en una congregación religiosa. No hace profesión, no la dejan hacer profesión solemne y tiene muy metido el sentido de misión.

De tal manera que, como dice su biógrafo, se desposa con la misión. Con anunciar a Jesucristo. Y esa mujer que tiene sus crisis, que tiene sus dificultades, que tiene su proceso… En un momento conoce a Kiko Argüello en Palmera Alta. En esa experiencia que había iniciado, bendecida por el arzobispo Rocillo en Vallecas. Viviendo con los pobres, viviendo como los pobres, viviendo por los pobres, viendo en ellos a Jesucristo. Desnudándose de los medios humanos para anunciar el Evangelio y se vea que es el Señor quien hace las cosas.

Y esta mujer, que antes ha tenido un proceso de formación litúrgica serio, a través de Fornés. De un gran litúrgica de Barcelona, fundador del Centre de Pastoral Litúrgica de Cataluña. Esta mujer va aprendiendo toda la renovación del Concilio en el ámbito litúrgico, la centralidad de la Eucaristía, la centralidad de la Pascua. Pero esta mujer, con su estilo, que era distinto al de Kiko. Una mujer con un destino y una personalidad peculiar.

Y ahí, cada uno… Dios no nos ha hecho en serie. No tenemos que ser imitadores más que de Cristo. No nos ha hecho en serie. No tenemos que hacer miméticamente lo que hacen otros, sino que Dios va llevando por sus caminos a cada uno, poniendo ciertamente este ejemplo. El ejemplo de los santos, de la vida santa. De estos testigos de Dios, como Carmen.

Hoy le pedimos al Señor que un día la Iglesia reconozca su santidad, que ahora percibe el pueblo cristiano en el ejemplo de su vida. No en sus escritos fundamentalmente, sino en el ejemplo de su vida, en el seguimiento del Señor. Con sus luces y sus sombras, con sus crisis y con sus victorias, pero tratando con fidelidad de seguir a Jesucristo, el amor de su vida, al quien ha anunciado siempre.

Que María, la Virgen. María, nuestra Madre. María, la que congrega en torno así a los discípulos, en torno a Jesús, y nos invita a que hagamos lo que Él nos dice, como en las bodas de Caná, convierta muchas veces el agua insípida de nuestra vida en el vino de las virtudes. Y nos dé el don de la paciencia para ir con el tiempo de Dios, no con nuestras prisas.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

Catedral de Granada
19 de julio de 2026

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