Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en la Eucaristía del Domingo XII del Tiempo Ordinario, celebrada en la Catedral el 21 de junio de 2026
Queridos sacerdotes concelebrantes,
Querido diácono,
Queridos seminaristas,
Queridos hermanos y hermanas en el Señor,
Estamos en el XII domingo del Tiempo Ordinario. También, un saludo a quienes nos siguen a través de los medios de comunicación, de las redes o la televisión. En este domingo, ¿qué es lo que nos trae la Palabra de Dios? Pues nos trae, por una parte, un texto del Antiguo Testamento, del profeta Jeremías, que expresa por una parte, la situación de dificultad en la que está.
Esa situación es una situación de pavor en torno en que vamos a delatarlos. Mis amigos acechaban mi traspié, a ver si engañado lo sometemos y podemos vengarnos de él. Y el profeta confía en ese ambiente adverso. Confía en Dios, que como fuerte soldado, es su defensor.
Hemos escuchado bien en el Evangelio que Jesús nos habla de dificultades. Jesucristo, en su predicación no ahorra en su mensaje decir que hay dificultades para el cristiano. Es más, nos pide, en su seguimiento, la cruz. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Es verdad que cuando anuncia la Pasión a sus discípulos, estos se revuelven.
Incluso Pedro trata de disuadirlo. Y ese mismo Pedro le confiesa como Dios y es alabado por Jesús cuando niega el camino de la cruz de Jesús, le dice Cristo apártate de mí, Satanás, que piensas como los hombres y no como Dios. San Pablo, en la primera carta a los Corintios, nos dirá precisamente que la cruz forma parte de la vida cristiana hasta el punto de ser la lógica en la que hemos de descifrar, en la que hemos de entender nuestra vida.
San Pablo habla de la sabiduría de la cruz, que es la lógica de Dios y que es necedad para unos, escándalo para otros. Pero para nosotros es la fuerza salvadora de Dios. Cristo nos ha salvado por el misterio de la cruz, y la cruz es la señal del cristiano. Las dificultades forman parte de la vida. Ya a nivel humano nos damos cuenta de que la vida es una lucha.
Ya lo decía el santo Job, la vida es milicia. Salimos de un problema, entramos en otro, encontramos las dificultades del vivir y no tenemos asegurado, por muchos seguros que hagamos, por muchos avances que tengamos, no estamos seguros. De ahí que el Señor, cuando nos hable de cruz, nos habla al mismo tiempo del ánimo que con que hemos de afrontarla.
Por otra parte, esa es la condición que en la historia hemos vivido siempre. El cristianismo es actualmente la religión más perseguida. Vemos cristianos en medio de dificultades. Cristianos que son martirizados en Nigeria, que son martirizados en el centro de África por la influencia y la presión del islamismo. Cristianos que han perdido todos sus enseres y han tenido que huir de sus países precisamente por fundamentalismos islamistas. Cristianos en otros, donde la persecución no es cruel, pero sí son pisoteados sus derechos o son alienados, no tenidos en cuenta, obviados en un ambiente secularista. O son cristianos que viven en dificultades y no pueden expresar su fe porque no hay libertad religiosa.
Pensemos en Nicaragua. Nosotros mismos tenemos en nuestra diócesis acogidos sacerdotes de Nicaragua que han sido desterrados. Religiosas expulsadas, confinados. Es decir, hay cristianos que lo pasan mal, pero también en nuestra vida la cruz está en todos los momentos. En la enfermedad, en las dificultades, en la incomprensión, en la soledad. O en tantos o tantas circunstancias que hacen que la vida, precisamente, sea lucha, sea milicia. Sean sobreponernos, sea tomar nuestra cruz a la del Señor.
O como buenos cirineos, arrimar el hombro para sobrellevar las cruces de los otros, sin ser nosotros, queridos amigos, cruces que pesemos y hagamos imposible o insoportable la vida de los demás. Sino por la caridad cristiana, ayudemos a los otros en sus dificultades, en sus contrariedades. Y hoy el Señor, en el Sermón del Monte nos habla de esa lógica, precisamente, traducida a la vida.
Y nos dice a nosotros: No tengáis miedo. Así empezaba San Juan Pablo II su pontificado “Non avere paura”. “No tengáis miedo, abrir de par en par las puertas a Cristo”, decía el Papa santo polaco. Y eso mismo repetía el Papa Francisco el día 19 de marzo del año 2013. No tengáis miedo.
No podemos tener miedo los cristianos. No podemos ser gente acomplejada que va por la vida como pidiendo perdón por ser tales. No podemos ser gente derrotista, no podemos ser gente amargada, no podemos ser gente que va apesadumbrada por la vida, como si la cruz les estuviera aprisionados. Tampoco es cuestión de tener una alegría falsa, pero precisamente la alegría verdadera nace cuando sabemos afectar en medio de las dificultades, la mano y la cercanía del Señor, como el profeta.
O esa confianza a la que también nos invita Jesús hoy en el Evangelio. Ese Jesús que es nuestro Salvador. San Pablo, en la Carta a los Romanos, nos habla de la capitalidad de Cristo, de esa salvación. Él ha salvado a todos los seres humanos. Si por un hombre vino el pecado, por un hombre nos ha venido la salvación por Cristo Jesús.
En él hemos sido salvados. Por tanto, tenemos que tener esa confianza a la que nos invita el propio Maestro. No tengáis miedo. Lo que oís se ha oído decirlo en las plazas. No podemos callarnos el mensaje cristiano porque moleste a alguno. No podemos decir que lo blanco es negro porque haya otra moda o porque hay una ideología dominante, o porque haya una mayoría que ha decidido cambiar de chaqueta o cambiar de color.
No, no, queridos amigos, los principios morales, los esenciales, los que están en la gramática de la naturaleza, decía el Papa Benedicto XVI… O en la ley natural, en nuestro corazón. Los que afectan a la dignidad de la persona humana no pueden estar en función de modas políticas, de intereses estratégicos. No, el ser humano es intocable. Su dignidad es inviolable. Y esto tenemos que tenerlo en cuenta.
No se puede tocar el ser humano. Y ya desde el libro del Génesis,. el Señor pide cuenta de Caín La sangre de tu hermano clama. Luego, queridos amigos, hay cuestiones fundamentales que el cristiano no puede callar. No puede callar el amor al prójimo, no puede callar el sentido verdadero del matrimonio, no puede callar el sentido verdadero de la vida, desde el comienzo. Desde el ser concebido y no nacido, hasta su momento, su final natural. No puede callar el que las guerras son injustas.
No puede callar el olvido del diálogo, no puede callar la instrumentalización de las personas, la instrumentalización del amor. No puede callar esto, aunque no se lleve. No podemos callarnos y no podemos tener miedo. Tampoco es cuestión de ir desatados. Tampoco es cuestión de ir de fundamentalista. No es eso. Es ir con nuestra conducta, con nuestras palabras, con la sencillez de nuestra propuesta.
Tratar de convencer a los demás de que cuando llevamos el amor de Dios y llevamos la doctrina de Jesús, aquello se humaniza. Jesús nos invita también a confiar en Él, a no tener miedo. A no tener miedo de la vida, a tener ese abandono en la Providencia. Y Él nos pone incluso el ejemplo de los pájaros, de los lirios, de cómo Dios cuida y nos dice que tenemos hasta los cabellos de nuestra cabeza contados.
Dios es el que cuida de nosotros. Tener ese sentido de providencia. Y sí nos dice a qué hemos de tener miedo. Hemos de tener miedo al mal. Hemos de tener miedo a lo que aparta de Dios y nos aparta de los demás. Hemos de tener aquello que denigra la naturaleza del ser humano. Hemos de tener miedo a aquello que nos envilece, venga de donde venga, y produzca las riquezas que produzca o el poder que produzca.
Jesús nos invita hoy a ser cristianos con la cabeza alta. A ser cristianos coherentes, a ser cristianos sencillos, sin fundamentalismos, pero sí mostrando en una coherencia de vida, en un estilo que es el estilo del Evangelio, que es el más convincente, el del amor, que tenemos que pasar por la vida tomando la cruz. Pero sabiendo que el final es la Resurrección.
Que la Virgen Santísima, Ella que estaba junto a la cruz de Jesús y a la que no le fue ahorrado el dolor… Contemplamos en las bellas imágenes de nuestra Pasión las bellas imágenes marianas y en nuestra Virgen de las Angustias precisamente eso. El misterio del dolor en María. Su corazón es traspasado por la espada. Nuestra vida también es traspasada muchas veces. Ojalá Ella nos dé la fuerza, que nos cuide, nos proteja para andar por la vida sin miedo y con abandono en la providencia de Dios.
Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
Catedral de Granada
21 de junio de 2026