“De un lado tienen que lidiar con el conflicto, pero además está el tema de la enfermedad”, comenta el P. Olivier Ndondo al hablar sobre la realidad de la República Democrática del Congo, golpeada por una nueva ola de ébola y además por la violencia de los conflictos armados y los grupos rebeldes al gobierno, que dificultan pero no imposibilitan la respuesta de la Iglesia Católica para atender a los más vulnerables.
Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos, este brote se está propagando sustancialmente más rápido que las epidemias anteriores y ya se ha convertido en el segundo brote de Ébola más grande jamás registrado, causado específicamente por la cepa de Bundibugyo.
El ritmo de contagio muestra un crecimiento exponencial acelerado en comparación con crisis de años anteriores: el brote superó la cifra de 1.000 casos confirmados en tan solo 40 días desde la activación de la respuesta sanitaria. A modo de comparación, durante la epidemia de 2018 en el Congo se tardaron aproximadamente 235 días en alcanzar esa misma cifra de contagios.
Las cifras oficiales, hasta el 14 de octubre, reportaban 9.277 casos de ébola y 4.478 personas fallecidas.
La Iglesia ante la emergencia
En declaraciones para la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN, por sus siglas en inglés) el P. Ndondo explicó que la situación sanitaria es más grave en el este del país, porque “es muy difícil entrar ahí por la guerra”.
Aunque el Gobierno lleva adelante esfuerzos para diagnosticar los casos y contener la propagación de la enfermedad, explica ACN, esta labor se hace muy cuesta arriba por el desplazamiento forzoso de la población debido a la violencia.
En medio de este complicado contexto, la Iglesia “desempeña un papel especialmente relevante” y busca responder “acogiendo a los desplazados, proporcionando ayuda de emergencia, concienciando sobre el ébola y llamando a la solidaridad con las comunidades del este”, señala la fundación pontificia.
“La Iglesia en el este enfrenta las dos emergencias, la guerra y la epidemia, con lo que tienen y con lo que pueden”, dijo el P. Ndondo. Además, aseguró que “la paz y la salud” están estrechamente relacionadas ya que “sin paz es más difícil proteger la salud, y sin salud resulta aún más difícil reconstruir la esperanza de una población marcada por décadas de violencia”.
“Con la guerra perdemos la esperanza. Hay niños que nacieron hace 30 años y solo han conocido la guerra”, lamentó el sacerdote.