“Hay que dar testimonio del matrimonio cristiano en esta sociedad”

Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en la Eucaristía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, celebrada en la Catedral el 14 de junio de 2026

Queridos sacerdotes concelebrantes, especialmente los que acompañáis a los equipos de Nuestra Señora, formando parte de ellos,

Querido diácono,

Queridos seminaristas,

Queridos responsables y miembros de los equipos de Nuestra Señora de Granada, Queridos hermanos y hermanas, todos en el Señor,

Estamos celebrando cada domingo de manera especial. El día del Señor, el día de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. En que recordamos y hacemos memoria de su Pasión, muerte y Resurrección, de su victoria.

Tenemos muy frescas las palabras que estos días nos ha dirigido el Santo Padre, el Papa León XIV, en su visita a España. Y sobre todo, tenemos presente la Palabra de Dios que viene iluminar nuestras jornadas, nuestra semana, cada domingo, al ser proclamada en la liturgia dominical. Y en este domingo, ¿qué nos trae la Palabra de Dios? Por una parte, vemos en el libro de Deuteronomio cómo Moisés se dirige al pueblo de parte de Dios. Pero antes, nos ha dicho con unas frases que nos pueden resultar extrañas, y más en el Antiguo Testamento, que Moisés subió a Dios. Subió a hablar con Dios, se elevó sobre sí mismo.

La montaña, ciertamente, siempre ha significado un reto y a la vez algo que nos pone en contacto con la altura, con la infinidad, con el cielo. Nos pone en contacto con Dios. Vemos la pequeñez del hombre y la grandeza de la creación, la grandeza de Dios. Sube hasta Dios, pero nos trae de Dios un mensaje. Nos trae de Dios un mensaje para su pueblo, el pueblo de Israel.

Les dice que son un pueblo sacerdotal, el pueblo de Dios, el pueblo escogido. El pueblo de la Alianza que exige, como contrapartida, el cumplir los mandatos del Señor. El verdadero pueblo de Dios es el cuerpo de Cristo. El verdadero pueblo de Dios, heredero del pueblo de la Antigua Alianza, es la Iglesia.

Formamos parte de ella. Nosotros, que, como nos dice San Pablo en la segunda lectura, tomada de la Carta a los Romanos, estamos en una mala situación, pero Dios tuvo compasión de nosotros en su Hijo Jesucristo. Nos ha redimido. La carta a los Romanos es todo un alegato de la justificación cristiana, a la que no se llega por la ley simplemente. Ni se llega por nuestras propias fuerzas. Sino que se llega por pura gracia del Señor. Y es en su Hijo Jesucristo donde Dios nos ha redimido. Por un hombre justo, nos ha dicho San Pablo, tal vez uno se atrevería a morir.

La prueba de que Dios nos ama es que nosotros, siendo pecadores, Dios se ha entregado por nosotros. Nos ha entregado su Hijo Jesucristo. Por tanto, con cuánta más razón, nos dice San Pablo, justificados ya por la gracia, por Cristo, no seremos salvados con él. Y esto es una inyección de esperanza, de optimismo, para que no podamos decir que somos incapaces en el seguimiento de Jesús. Y estamos llamados nosotros, como el pueblo de Israel, mucho más a ser santos. Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

Y esa santidad es el objetivo, la obligación del pueblo santo de Dios, el Santo Pueblo de Dios, le gustaba llamar al Papa Francisco a la Iglesia. Y de ahí somos todos miembros. San Pablo en toda su teología, es una teología del Cuerpo de Cristo. Vosotros sois el cuerpo de Cristo. La Iglesia está formada por todos nosotros. No hay una obligación de ser santo de unos cuantos y el resto como si estuviera eximido, o simplemente a un cumplimiento cristiano de ir tirando.

O ser de esa cofradía, que llamo, de ser cristianos creyentes pero no practicantes. Aquí se es cristiano o no se es cristiano. Jesús nos ha dicho “El que no está conmigo está contra mí. El que no recoge conmigo, desparrama”. No podemos estar bailando la cuerda floja. No podemos estar dando una de cal y otra de arena. Y tomando el refranero, no podemos encender una vela a san Miguel y otra al diablo. Tenemos que hacer una opción por Cristo y hacerla en todos los estados de nuestra vida. Y ahí, el redescubrir, como los primeros cristianos, que todos estamos llamados al seguimiento pleno de Cristo. Ha sido también todo un movimiento que ha cuajado fundamentalmente en el Concilio Vaticano II, en la Lumen Gentium de manera especial. Y es la llamada universal a la santidad.

A la santidad y al apostolado. Porque el Evangelio hoy, en el relato que se nos hace de la primera misión de los discípulos, como si fueran unas prácticas que Jesús les pone a sus discípulos antes de la misión final. Tiempo antes de ascender a los cielos, antes les envía a las ovejas descarriadas de Israel. Hace una práctica con los discípulos y les manda de dos en dos que vayan a los judíos, para anunciar el reino de Dios.

Y hacen milagros. Hacen pruebas evidentes de que está siendo el paso de Dios y ha llegado el tiempo del Mesías. Nosotros también estamos llamados como cristianos a la santidad en todos los estados de nuestra vida. La llamada universal a la santidad, a ser perfectos. No hay cristianos de primera y de segunda categoría. Lo somos o no lo somos.

Y sí lo somos. Lo somos mientras estamos en esta tierra. Somos débiles, tenemos defectos, luchamos, nos esforzamos, sentimos y necesitamos la ayuda de Dios y de los demás. Acudimos a los medios que la Iglesia pone a nuestra disposición y esperamos llegar un día a la santidad plena en el encuentro con el Señor. Si no hemos fracasado como cristianos. Queridos amigos, pero estamos llamados también a anunciar a Jesucristo. A anunciar el Reino de Dios, anunciar que Dios está en medio de nosotros, en medio de nuestros quehaceres, en medio de nuestras alegrías, de nuestros sufrimientos, en medio de nuestra vida.

Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Lo pedimos en el Padre Nuestro. Venga a nosotros tu reino. ¿Y cómo? Haciendo su voluntad. Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo. Vais cumpliendo los mandatos del Señor. Lo que Dios le pedía al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, también a nosotros, pero con un mandato especial a vivir la fraternidad, a vivir el mandamiento nuevo.

“Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros, como yo os he amado”. Y esta es la tarea cristiana. Y a vosotros, queridos miembros del movimiento familiar y conyugal, del movimiento matrimonial, que son los equipos de Nuestra Señora. Fundado por Enrique Farel en 1968 en París, con cuatro matrimonios, acompañados siempre de un sacerdote. Vivís esa espiritualidad de vivir en vuestras circunstancias ordinarias en el matrimonio, como camino de santidad.

Ese encuentro con Jesucristo. ese ser sacramento que expresa el amor de Cristo a su Iglesia. Y vivirlo ahí, en vuestras sentadas, en vuestras reuniones, en el ámbito familiar, como los primeros cristianos. Y como Iglesia doméstica, que se reunían en las casas de los primeros cristianos. Y verlo ahí y sentirse acompañado en las etapas que vive un matrimonio, que vive una familia. Y que son distintas a lo largo del tiempo.

Pero yo os pediría, a la par que os doy las gracias por vuestra presencia en nuestra diócesis, a la par que os doy las gracias también a estos sacerdotes que os acompañan… Que también servís para ellos, de estímulo en su fidelidad esponsal con Cristo, con su Iglesia. También vosotros no podéis quedaros en el círculo del grupo de matrimonios, del equipo.

Hay que expandirse. Hoy hay que dar testimonio del matrimonio cristiano en esta sociedad nuestra que ha olvidado los compromisos. Que no sabe ya nada del para siempre. Que hay uniones matrimoniales que parecen el fichaje por un equipo de fútbol. Que el para siempre se ha olvidado del horizonte vital de mucha gente, de muchos jóvenes. Donde el compromiso está ausente porque depende de las circunstancias, donde se le llama amor a cualquier cosa con fecha de caducidad.

Queridos hermanos y amigos, hoy hay que dar testimonio urgente e importante. Las dos palabras del matrimonio cristiano. El matrimonio, que siempre supone renuncia. El matrimonio, que es amor sacrificado. El amor que pasa por momentos difíciles. Que sabe de dolor y de sufrimiento por quienes se ama. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”, dice Jesús.

Luego, queridos amigos. Que carguéis las pilas, como se dice. Que viváis cenáculo en vuestras casas, pero no para hacer un castillo, una burbuja que os aísle del ambiente pagano en el que vivimos. Hay que hacer cenáculo, hay que hacer reunión, hay que hacer Eucaristía. Hay que hacer oración, hay que salir. “Id”, que es lo que se ha repetido hoy en el Evangelio.

“Id”, el cristianismo, es de calle, es de salida, como nos repetía también el Papa Francisco. Una iglesia en salida, una iglesia hospital de campaña, para curar heridas, como hemos escuchado en el Evangelio. Para ayudar, para animar, para confortar, para aconsejar a tantos y tantos jóvenes. Y también maduritos y maduritas, que ya con los años se cansan. Esto no puede ser, queridos amigos. Es para siempre, es para siempre.

Está uno mejor suelto, una mejor suelta. El amor de Dios no es un sí y un no. Es un sí permanente, el de Cristo. Adelante. La gracia del Señor no os va a faltar. Los medios los tenéis. El acompañamiento espiritual lo vivís. Adelante.

Que la Virgen, Nuestra Señora, bajo cuyo amparo quiso poner Enrique Farel vuestro movimiento, os acompañe como los esposos de Caná. Viendo sus necesidades y saliendo al paso de ellas con la intercesión de su Hijo.

Que Santa María nos ayude. Y una cosa, lo que nos ha dicho el Papa, que ha venido a pedir unidad, a bajar tensión y sobre todo, a animarnos a tener un corazón abierto a todos. Todos, todos. Especialmente los más necesitados, los que llaman a nuestra puerta los que vienen buscando mejores condiciones de vida, los ayude a ser hogares abiertos. A ser Iglesia abierta, hospital de campaña, Iglesia en salida.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

Catedral de Granada
14 de junio de 2026

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