“En Cristo hemos sido reconciliados con Dios”

Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en el IV Domingo de Cuaresma, en la S.A.I Catedral el 30 de marzo de 2025.

Queridos hermanos sacerdotes,

Queridos seminaristas y diácono,

Queridos hermanos y hermanas que habéis concurrido en este cuarto domingo de Cuaresma a la celebración eucarística a nuestra Catedral.

Acabamos de escuchar una parábola larga, pero es la parábola más bella del Evangelio y probablemente una de las cumbres de la literatura universal. Primero, el Señor nos ha puesto… El evangelista, mejor dicho, nos ha puesto en situación.

Jesús acoge a los pecadores y come con ellos, y le critican. Y Jesús responde con una parábola, con un cuento. Jesús responde con esta bella parábola que más que del hijo pródigo tendría que llamarse del Padre bueno. Vemos en los dos hijos, ciertamente, retratada la actitud humana de misericordia, de conversión o de la indiferencia. Nos vemos retratados nosotros.

Pero en esta parábola magistral de Jesús, Él ha querido mostrarnos realmente el rostro de Dios. Un Dios que es Padre, un Dios que es misericordia, un Dios que es ternura. El Padre de la parábola se acerca al Hijo y lo cubre de besos. En castellano decimos se lo comió a besos. Para expresar el cariño. El cariño de ternura, de cercanía.

Vemos, por otra parte, retratado ese itinerario del hombre que se aleja y que se acerca a Dios. A la par que el itinerario de la indiferencia, del simple cumplimiento que es incapaz para entender el amor, porque no entiende de perdón. Vemos, por una parte, al hijo, ese hijo pequeño que reclama lo suyo y que generosamente el padre se lo da.

Es un padre magnánimo. Y ese hijo se va a un país lejano. Expresa la lejanía de Dios, esa lejanía que experimenta el hombre cuando pierde los valores espirituales. Esa es la lejanía del vacío, es la lejanía del sinsentido. Es lejanía de la simple posesión de cosas, es la lejanía que frustra el corazón, que está hecho para amar, dándole sucedáneos.

Esa lejanía del hombre, de Dios. Y en un mundo secularizado como el nuestro, donde el hombre se erige en el centro como un dios, en una nueva paganía… Expresa la frialdad y la lejanía que, por otra parte, ha tomado forma en ideologías sociales y políticas que han llevado al desastre de la humanidad. El olvido de Dios, la lejanía de Dios y de los valores espirituales.

Es más, Jesús en su parábola, incluso expresa la bajeza en la que cae el Hijo que ha abandonado al Padre. Para un judío, el cerdo es un animal impuro. Los oyentes de Jesús son judíos que se creen justos y que le critican por juntarse con los pecadores y contaminarse. Pero es el hijo pródigo el que, en esa lejanía, siente hambre, siente el anhelo, siente el vacío de la casa paterna de Dios.

El hombre está hecho para Dios, como decía San Agustín. “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en ti”. Y el hombre, en esa lejanía que cae en lo más bajo de cuidar cerdos, ni siquiera se le permite alimentarse con el alimento de los cerdos. Piensa, Se vuelve en sí. Eso es la conversión.

Es volverse al interior y preguntarse las razones últimas. Y este muchacho se dice a sí mismo: “Me levantaré e iré a mi padre”. Se levantará, saldrá de la postración y se pondrá en el camino del retorno. Esa es la conversión de la que habla Jesús y que tenemos que pedir para nosotros en la Cuaresma. Porque nosotros, queridos amigos, unas veces somos el hijo pródigo y otras veces somos el hijo mayor.

¿Y qué ocurre? Que nos dice el evangelista que cuando aún estaba lejos, lo vio el Padre. El padre nunca lo había perdido de vista. Dios nunca nos pierde de vista, queridos amigos. Dios pone en nosotros ese movimiento de acercamiento. Dios pone en nosotros ese empujón a la conversión, que es una gracia, es un don. Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y corriendo lo abrazó, lo cubrió de besos.

Esa misericordia y la ternura de Dios que siempre nos perdona. Maestro, le dirá Pedro, ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? Siete veces. Jesús le responde: No solo siete veces, sino setenta veces siete. Cada vez que acudimos al sacramento del perdón, donde se nos manifiesta la gracia de la reconciliación. Dios nos perdona. Borrón y cuenta nueva. Y ese muchacho empieza a confesarse.

Trátame como uno de tus jornaleros. Pero el padre le pone el anillo de hijo, le pone la túnica de hijo y lo calza. No es un criado, es un hijo retornado. Pero nos vamos a la otra escena. Esa escena en que vuelve el hijo. El hijo fiel. El hijo que siempre está en casa. Y no entiende de amor, vuelvo a repetir, porque no entiende de perdón. Le echa en cara al padre que con él no ha tenido detalles y el padre le muestra que todo lo que tiene es suyo. Queridos amigos, caigamos en la cuenta de la conversión. No tengamos un corazón endurecido. Miremos con la mirada de Dios a nosotros mismos y miremos también a los demás.

Sintamos la compasión, el padecer con los otros, el ponernos en su lugar, el comprender, el perdonar. Perdonar a todos. Perdonar y olvidar. Como veis, esta parábola contiene la esencia del ser cristiano y nos muestra el verdadero rostro de Dios. Al que, como dice San Juan en su primera carta, confesamos que es amor. Dios es amor. Nosotros hemos conocido el amor de Dios y hemos creído en Él.

Pero ese amor de Dios se nos ha mostrado en su hijo Jesucristo. Esta segunda lectura que hemos escuchado del apóstol.

Dios ha hecho su Hijo reconciliación. Al que no tenía pecado, lo ha hecho pasar por pecador para tomar nuestro lugar.

“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. En Cristo hemos sido reconciliados con Dios. En su misterio pascual, en su pasión, muerte y resurrección. Es el misterio pascual hacia el que nos encaminamos en el año litúrgico y que le hemos pedido al Señor en la oración colecta. Celebrarlo con fe viva y entrega diligente. Con fe alegre, con una caridad que sea consecuencia de ese amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.

Acudamos a la Virgen, queridos amigos, en este mundo dividido de odios. En este punto de crispación, este mundo de enfrentamientos con guerras abiertas. Pidámosle al Señor que nos dé entrañas de misericordia y de perdón, que nos ayude a una convivencia pacífica. A una convivencia donde la misericordia y el amor traigan como fruto la paz. Que Santa María, la Madre de Dios y Madre nuestra, la que congrega a sus hijos en torno al Padre, nos ayude para vivir este misterio de la reconciliación y vivamos un triduo pascual con verdadero sentido cristiano.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo

Arzobispo de Granada

S.A.I Catedral de Granada

30 de marzo de 2025

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