Domingo de la Santísima Trinidad

Comentario al Evangelio en el Domingo de la Santísima Trinidad, del 31 de mayo de 2026. Realizado por el Secretariado diocesano de Pastoral Bíblica de Granada.

La Trinidad nos recuerda que no estamos hechos para vivir aislados, sino para amar, dialogar y construir comunidad. Creer en un Dios trino nos compromete a ser personas de encuentro, de perdón y de fraternidad. Hoy no intentamos explicar un misterio, sino dejarnos abrazar por él.

EL NOMBRE DE DIOS ES MISERI-CORDIA (Ex 34,4b-6.8-9)

Tras haber sido liberado de la esclavitud de Egipto por el Señor (Ex14-15), y recorrer el desierto (Ex 15,22-18,27), el pueblo llega al Sinaí donde el Señor realiza un pacto con él que implicará un com-promiso por ambas partes: Dios hace de Israel un pueblo de su propiedad, un pueblo de sacerdotes y una nación santa y el pueblo se compromete a guardar los mandamientos del Señor (Ex 19, 5-6).

Pero, mientras Moisés sube al monte a recibir las tablas de la Ley (Ex 24,12-13), el pueblo se impacienta ante su tardanza y pide a Aarón que le haga un dios que los guie. Así se construyen un dios a su medida, un becerro de oro para adorarlo (Ex 32, 1-6).

Dios, que había sacado a los hebreos de la esclavitud Egipto, y los ha cuidado y protegido durante la travesía por el desierto, no “soporta” la traición del desagradecido pueblo que muy pronto ha abandonado el camino que le había propuesto, se irrita y enciende su ira contra ellos (Ex 32,7-10). Será la intercesión de Moisés la que haga aplacar el enfado de Dios y su posible castigo, perdonando al pueblo y dándole una nueva oportunidad de vida con la renovación de la Alianza.

En este contexto de amor misericordioso, Dios revela su nombre por tercera vez. Moisés invoca el nombre del Señor, que pasa delante de él exclamando: «Yahveh, Yahveh, Dios compasivo y clemente, tardo a la cólera y rico en misericordia y fidelidad que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación.» (Ex 34,6-7).

La misericordia aparece vinculada al nombre de Dios. Con ello se muestra “algo” del misterio de Dios, al que no puede acceder el pensamiento humano y que solo conocemos por su revelación gratuita. Dios se llama misericordia porque esa es su esencia: ser misericordioso.

El Señor se conmueve ante la experiencia de fracaso del pueblo por no haber cumplido su parte del pacto y no abandona al pueblo a su suerte, sino que renueva la alianza y concede a los israelitas una nueva oportunidad de vivir la existencia desde la plenitud que da el vivir de la mano de Dios.

Tanto amó Dios al mundo… (Jn 3, 16-18)

Jesús se encuentra con un personaje, Nicodemo al que se le describe como “uno de los fariseos, un gobernante de los judíos” (v. 1) y “un maestro de Israel” (v. 10). El encuentro con Jesús en Jerusalén es por la noche. Jesús es la luz que brilla en la tiniebla y la tiniebla no la sofoca (1,5). Nicodemo recorre un itinerario de la tiniebla de la noche hasta la luz.

En un diálogo profundo, Jesús revela la inmensidad del amor de Dios que entrega a su hijo para salvar al mundo y para que no perezcan ninguno de los que creen en él. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo Único”. El amor de Dios a este mundo es tan profundo y grande que no duda en entregar a su Hijo por él. Este mundo concreto es al que Dios ama.

Pero este diálogo sobre el don amoroso del Padre suscita la cuestión del juicio. Si Dios quiere que todos se salven, ¿en qué va a consistir el juicio? ¿Quién juzga? Dios no es el que juzga. El juicio consiste en la aceptación o el rechazo de la revelación que Jesús hace de Dios. La presencia de Jesús y el rostro que revela del Padre provoca un discernimiento, una toma de posición. El tiempo del juicio, es ahora, es el momento en el que el creyente se encuentra ante la revelación del Padre en el Hijo. Aceptarla y acoger el rostro de Dios en Jesús constituye la salvación. Rechazarla y no aceptar a Jesús, y por tanto el rostro de Dios que Él nos revela, constituye la propia condenación.

La Palabra hoy

Byung-Chul Han describe nuestra época como el tiempo del cansancio, del rendimiento y del narcisismo. En ella, el amor corre el riesgo de convertirse en consumo, en autoafirmación o en mera proyección del propio yo. Se ama —dice Han— aquello que no hiere, que no desinstala, que no exige salir de uno mismo. El otro desaparece como misterio y se convierte en espejo.

Frente a este contexto, el amor de Dios se revela como una provocación radical. No es un amor que confirma al yo, sino un amor que lo descentra. Dios ama no porque el ser humano sea útil, fuerte o exitoso, sino precisamente en su fragilidad. Su amor introduce la alteridad verdadera: un Tú que no poseo, que no controlo y que me llama a salir de mí.

En una sociedad obsesionada con la positividad y el rendimiento, el amor misericordioso de Dios aparece como gratuidad absoluta. No se puede producir ni merecer. Solo puede recibirse. Y esta recepción exige silencio, espera y apertura: actitudes profundamente contraculturales hoy.

Mariela Martínez Higueras, OP

DESCARGA EL DOCUMENTO

The post Domingo de la Santísima Trinidad first appeared on Archidiócesis de Granada.

Comparte en tus redes
Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Configurar y más información
Privacidad