Cuaresma: restauración y conversión

Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía celebrada en el miércoles de ceniza, el 18 de febrero de 2026, en la S.A.I Catedral, con la asistencia, entre otros fieles, de la Junta de gobierno de la Real Federación de Hermandades y Cofradías de Semana Santa de la Ciudad de Granada.

Queridos sacerdotes concelebrantes;
queridos seminaristas;
querido presidente de la Federación de Hermandades y Cofradías;
miembros de las Hermandades y Cofradías, de su Junta de Gobierno, que estéis presentes; queridas autoridades presentes también en esta celebración;
queridos hermanos y hermanas;
amigos todos:

Un año más, celebramos la Cuaresma. También tendríamos que desearnos (hay autoridades que se las desean a otras religiones) un tiempo especial, como hacen nuestros hermanos musulmanes con el ramadán; nosotros no tenemos esa suerte. Pero estamos en un tiempo fundamental de cristianos. Tenemos que recobrar el espíritu de la Cuaresma. El espíritu de la Cuaresma que sí, ha formado nuestra cultura también. Ha formado nuestra cultura hasta en los platos culinarios, con el ayuno, la abstinencia. Pero, no podemos dejar que pase algo cultural, simplemente.

El tiempo de Cuaresma es un tiempo serio de preparación para la Pascua, para las grandes celebraciones del año cristiano, las de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor; para la Resurrección del Señor, la Pascua. Y los cristianos se lo tomaban en serio. Y se lo tomaban tan en serio que era un tiempo de penitencia, de conversión, de vuelta a Dios. Un tiempo de reparar, restaurar. Me he fijado este año en el Mensaje de Cuaresma, precisamente, en esta imagen. Estamos restaurando la torre de nuestra Catedral. Está quedando preciosa. Está saliendo su fisonomía original. La estamos limpiando y reponiendo, tantas cosas que el paso del tiempo, tantas cosas bellas, nos las han ocultado. Hemos tenido una exposición, vendrá otra. Se produce una labor de restauración en las obras de arte. Alguna iglesia de Granada, su párroco sacó 70 kilos de polvo del retablo, imaginaos lo que no habría.

Pero, también nos puede pasar a nosotros en nuestra vida cristiana. También tenemos que restaurarnos. En el Salmo 80, hay una petición al Señor: ¡Oh Dios, restáuranos! Que brille Tu Rostro y nos salve”. El rostro original en nosotros es el rostro de la imagen y la semejanza con Dios, de la imagen nacida de nuestra condición de persona humana: “A imagen de Dios los creó, hombre y mujer los creó”, nos dice la Sagrada Escritura. Los Padres dicen que la semejanza con Dios fue perdida en el pecado de nuestros primeros padres y es restituida por Cristo esa semejanza, de tal manera que él es el prototipo, el modelo.

Hemos sido hechos hijos en el Hijo. Eso es la Redención. Y eso ha ocurrido por nuestro bautismo, queridos hermanos, que es lo más fundamental, lo más esencial que nos ha pasado en nuestra vida: hemos sido hechos hijos e hijas de Dios. Y qué ocurre. Pues como los cuadros, como nuestra torre con 500 años a sus espaldas, como tantas y tantas realidades en nuestra vida, que el paso del tiempo, las dificultades del vivir, nuestras miserias, nuestros egoísmos, nuestros pecados, van desfigurando esa imagen de Dios. Y el tiempo de Cuaresma es un tiempo para restaurar la imagen y la semejanza de Dios en nosotros. Y al igual que ocurre en la restauración, lo vemos en los catálogos donde se explica el proceso, pues nos quedamos maravillados, cosas que no habíamos percibido antes y que el paso del tiempo ha ido oscureciendo: las pilas, los cuadros, el deterioro incluso, se ven rajados algunos. El paso del tiempo también con algún ignorante culturalmente nos ha dejado. Y, en cambio, cuando son restaurados aparecen colores nuevos, aparecen tonalidades, aparece una nueva imagen que estaba allí como en los comienzos y tenemos esa suerte.

Fijaros, se ha restaurado el órgano. Parece recién hecho. Y entonces, ¿qué ocurre? Pues, que eso también tiene que pasar en nuestra vida, queridos amigos. Y ése es el tiempo de la Cuaresma. ¿Y qué tenemos que hacer? El Papa León en su primer Mensaje de Cuaresma nos aconseja que nos convirtamos, que echemos mano del ayuno (no es cuestión, hay que ayunar, incluso para las dietas viene bien, incluso algunos lo han puesto con el ayuno alternativo como si fuese una novedad, hombre de vez en cuando, irse desprendiendo de algunas copitas, no quiero meterme con el gremio de la hostelería). Ayunar de pantalla. Estamos todo el día con el móvil, que nos quita conversación en la familia. Tantas y tantas cosas. Que cada uno piense qué tengo que ayunar yo. A lo mejor, de palabras o de conversaciones o de críticas, ayunar. Todo esto lo dice el Papa. Y el Papa nos invita también a la oración, a la escucha de la Palabra de Dios. La Cuaresma tiene que ser un tiempo de oración, de escuchar la Palabra de Dios, con lo cual hay que sacar la Biblia de las estanterías. Hay que escuchar la Palabra de Dios. Hay que aplicársela. Qué nos quiere decir el Señor.

Y prepararnos así para la Semana Santa, conociendo realmente lo que pasó en la primera Semana Santa; conociendo el mensaje de Jesús, es decir, lo que significa ser el bautismo, restaurar. Nos habla el Papa también de acompañarte, de caminar juntos. El cristianismo no es individualista. Y tenemos en nuestra sociedad que romper tantos muros, que establecer tantos puentes, cuando el ambiente está de polarización, de crispación. Vamos a calmarnos. Vamos a mirar a los otros, que también son imagen de Dios. Hablando de esto, una vez en un colegio, que era el capellán, me dice una niña “diga usted a mi hermana que yo también soy imagen de Dios, porque me trata…”. Pues, también. Nosotros muchas veces tratamos a los demás… Y Jesús nos ha dicho “cualquier cosa que hagáis con uno de estos humildes hermanos, conmigo lo hacéis”. Luego, no podemos estar a malas. Nos dice el Señor “cuando vas a presentar tu ofrenda, te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, vete a reconciliarte primero con tu hermano, y después vuelve y presenta tu ofrenda”. Esto es muy serio el Evangelio. Pues vamos a intentar.

Y esa es la conversión: ponérnoslo. La conversión es pedirle al Señor perdón de nuestros pecados, al restaurar, al quitar toda esa costra. Y dónde podemos hacerlo: en el Sacramento de la Penitencia. Hay que confesarse, hay que cansar a los curas confesando. El Señor nos ha dicho que “no sólo siete veces, setenta veces siete”, es decir, siempre. Claro, que pasa que nos hemos olvidado de que existe el mal, y claro, olvidándonos de eso, no entendemos la Cuaresma, ni entendemos el miércoles de ceniza: “Conviértete y cree en el Evangelio”, vamos a escuchar al ponérnosla. Al mismo tiempo, y ahora con las incineraciones nos podemos hacer una idea mejor, cuando nos vienen con el bote…, pero nos damos cuenta de que somos poca cosa, pero no sólo cuando perdemos a un ser querido, sino cuando nos lo ponen así, aunque nos creamos el ombligo del mundo, luego cuando vemos la póliza del coche, nos damos cuenta que no valemos tanto.

Queridos amigos, os lo digo con humor, porque la alegría también forma parte de la Cuaresma. Tenemos que acudir al perdón de Dios. Tenemos que reflexionar y orar. Hombre, los quinarios no están para escuchar sólo a la banda, están también para escuchar doctrina de la Iglesia, para convertirse, para reflexionar, y hombre, si puede hacer ejercicios espirituales, en un tratamiento intensivo para la restauración. Si hay muchas maneras…, lo que no podemos es a golpe de trompeta llegar a la Semana Santa sin más, porque, entonces, estamos haciendo costumbres, pero no estamos viviendo la Cuaresma, que, como nos dice la oración colecta del primer domingo, es avanzar en el conocimiento de Cristo, en el conocimiento de su Misterio, para vivirlo en plenitud.

El Evangelio nos habla de autenticidad. Nuestra oración no puede ser fingida. Nuestra limosna no vale nada si no hay caridad. Lo dice san Pablo: “Aunque repartiera todo lo que tengo y me dejara quemar vivo, si no tengo amor de nada me sirve”. Y el ayuno no es para que nos vean, no es para la penitencia sólo en la Semana Santa, sino para vivir esas privaciones en nuestra vida de cada día, que fastidian a los demás y que no agradan a Dios,

Vamos a intentarlo. Vamos a mejorar. Vamos a ser un poquito mejor. Vamos a restaurarnos. Vamos a pedirle ayuda a la Virgen. Ella nos quiere como nuestras madres cuando pequeños nos ensuciábamos, nos decía una y mil veces “pero, no puedo contigo, hay que estar limpio”. Pues, Ella, que es nuestra madre, nos quiere también limpios, nos quiere restaurados, nos quiere con la imagen de Su Hijo, reluciente en cada uno de nosotros. Esa es la Cuaresma. No la compliquemos.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

18 de febrero de 2026
S.A.I Catedral Metropolitana de Granada

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