Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo en la vigilia pascual, celebrada en la Catedral el 4 de abril de 2026, donde un grupo de siete personas adultas han sido bautizados, y con ello también han recibido los Sacramentos de la Confirmación y Comunión.
Queridos sacerdotes concelebrantes y diáconos;
queridos seminaristas;
queridos miembros de la vida consagrada;
queridos amigos, que nos seguís a través de La 2 de Televisión Española, a la que agradezco especialmente que en este triduo pascual que hemos celebrado en Granada haya retransmitido los Oficios Santo, Jueves, Viernes y esta Vigilia, desde la Catedral de Granada, aumentando nuestra familia eclesial;
un saludo especialmente a los enfermos, a los que estáis imposibilitados para salir de casa:
¡Cristo ha resucitado!
Queridos catecúmenos, que vais a ser bautizados. Hoy sois protagonistas especiales de esta celebración de la vigilia pascual, que es la celebración más importante del año cristiano. Esta vigilia en que hemos recorrido la historia de la salvación desde el comienzo con el hecho maravilloso de la creación del mundo por parte de Dios.
Con ese lenguaje sencillo nos ha ido describiendo la obra de Dios esa obra maravillosa a través de la cual el ser humano, con el uso de su razón y admirándose, puede llegar al conocimiento de Dios. Pero, más maravilloso ha sido la intervención de Dios eligiéndose un pueblo y liberándolo de la esclavitud de Egipto. Ese pueblo, el pueblo escogido de Israel, recibe la Ley del Señor y hace alianza con él, comprometiéndose a observar sus mandatos.
Esos mandatos que esencialmente están contenidos en los Diez Mandamientos, como expresión de ese deber ser que hay en el ser humano, que busca no sólo los medios de vida, sino las razones por las que vivir: el sentido que sabe que está hecho para la eternidad, está hecho para Dios. Y que Dios es el fundamento de su vida y de todo el orden constituido. Desde esa manera de pensar, desde esa manera de creer, el pueblo de Dios no fue siempre fiel a él, sino que cae a veces en la idolatría y se aparta de Dios. Y Dios envía a sus profetas, pero, por encima de todo, está la voluntad salvífica de Dios en favor de los hombres. Y como nos dice la Carta a los hebreos, Dios habló de muchas maneras a nuestros padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo Jesucristo.
Y Cristo con su Encarnación nos ha mostrado el Rostro de Dios, haciéndose cercano, haciéndose uno de nosotros, siendo uno de nosotros. Pero es, nada más y nada menos, el Hijo de Dios, que ha tomado nuestra condición humana menos en el pecado, pasando por el Misterio de la muerte, por el Misterio de la Pasión que hemos celebrado estos días, incluso de manera plástica en nuestras calles, con esos bellos pasos donde la religiosidad popular ha manifestado sus sentimientos, hechos oración y admiración ante la belleza, pero, sobre todo, del reconocimiento de que Dios en su Hijo Jesucristo nos ha salvado.
Pero, no somos la religión de un muerto. No somos la religión de un muerto ilustre, que se nos pierde en la noche de los tiempos, sino de Alguien que está vivo, que es Cristo resucitado, que ha vencido el pecado y la muerte, y que no sólo ha hecho realidad el viejo sueño de nuestros primeros padres de querer ser como Dios. Ellos, por el camino de la soberbia, arrastrando la humanidad al pecado, y Cristo, por el camino de la humildad, del anonadamiento, de su Encarnación, de su Pasión, muerte y Resurrección, nos ha salvado. Y esa salvación de Cristo tenida con su Misterio Pascual, con su Resurrección, que certifica, de manera real, Su presencia, en medio de nosotros, es la salvación que, queridos catecúmenos, vais a recibir ahora. Esa salvación se hará realidad por el ministerio de la Iglesia en vosotros y en vosotras.
Venís como hijos de la humanidad, pero vais a salir también como hijos e hijas de Dios, con esa dignidad que el resto os va a acompañar como cristianos que ya somos desde hace mucho tiempo. La Cuaresma nos ha salvado para renovar nuestra vida cristiana; a vosotros, para prepararos de manera próxima, para renovarnos y hacer realidad esa Victoria de Cristo que San Pablo en la proclamación de la Epístola nos ha dicho en la Carta a los romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte”.
Pues, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la Gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Hemos sido revestidos de Cristo y eso es lo que tenemos que tomar conciencia los cristianos en la pascua. Somos criaturas nuevas.
Estamos llamados a una plenitud ya por ser seres humanos con una dignidad inalienable que Cristo ha plenificado. Pero nos llama a una plenitud de vida, que se completará en la vida eterna y que ya se nos anticipa como cristianos con la certeza de la Resurrección de Cristo. Cuando San Pablo recrimina a las primeras comunidades, especialmente a los de Tesalónica o a los Corintios. A los de Tesalónica, porque estaban expectantes por la vuelta del Señor; y a los corintios, porque había gente que dudaba de la Resurrección de los muertos y San Pablo les dice ‘si los muertos no resucitan, Cristo no ha resucitado y si Cristo no ha resucitado somos los más tontos de los hombres, nuestra predicación es estéril’.
Queridos amigos, Cristo ha resucitado. Cristo vive. Vive en su Iglesia. Vive en su Palabra, vive en la liturgia y la obra de Dios por antonomasia, en los Sacramentos. Vive en los hermanos, especialmente en los más débiles, en los más necesitados. Y nos invita a vivir ese amor fraterno que certifica nuestro amor a Dios. Estamos llamados a la santidad, estamos llamados a vivir como cristianos, a la coherencia de vida, a dejar a un lado esa modalidad de cristianismo de “creyente y no practicante”. No cabe. No cabe una fe sin obras. El apóstol Santiago nos dice en su Carta que es una fe muerta. Mostremos con nuestro amor a los demás nuestra fe en el Dios de la vida, en el Dios vivo. Hagamos realidad el Evangelio como criaturas nuevas. Vivamos la misma vida de Cristo.
Queridos catecúmenos, que vais a ser bautizados. Vais a ser revestidos de Cristo. Vais a ser injertados en Cristo. Fijaros qué palabras usa el Apóstol para decirnos que vamos a ser, que somos, otros cristos, el mismo Cristo, que la vida de Cristo, su Espíritu habita en nosotros. Luego, criaturas nuevas a las que se les exige un modo de vida, un estilo de vida nuevo del que debemos de tomar conciencia los cristianos.
El bautismo no es un puro protocolo. Es lo más importante que nos ha ocurrido en nuestra vida. San Agustín decía “yo con vosotros soy, estoy, soy cristiano, y este es mi timbre de gloria, yo para vosotros soy obispo, y esta es mi tarea, este es mi encargo”. Pero, lo más importante, queridos hermanos: que somos hijos e hijas de Dios, que somos bautizados. Esa es nuestra dignidad: que hemos sido revestidos de Cristo.
Por tanto, esto nos lleva a unas relaciones distintas con los demás, a ver en nosotros, no simplemente coetáneos o compañeros de camino en la vida, sino hermanos y hermanas, en los que también se refleja Cristo, sobre todo, los más necesitados, el que seremos una manera de vivir. Es un encuentro con Cristo Resucitado, en su Palabra -repito- en sus Sacramentos, como en vosotros ahora en el Bautismo salvador, la Confirmación, vais a recibir al Espíritu Santo, y vais también a participar de la Mesa eucarística, donde Cristo se nos da como pan de vida.
Luego, queridos hermanos y hermanas, en este día de la fiesta más grande del año cristiano, alegraos. Pero, al mismo tiempo, el Señor nos invita a salir, a no encerrarnos, a no quedarnos de puertas adentro, a no quedarnos en el interior de los templos, sino a transformar el mundo. Hemos recibido un mandato misional de Cristo, de salir, de evangelizar, de anunciar, de cambiar el mundo, y fijaros si lo necesita. Fijaros si necesita que pongamos en práctica de una vez, y desenvolvamos el mandamiento nuevo, para que deje de ser nuevo en su cumplimiento.
Fijaros nuestro mundo, con divisiones y con guerras, si necesita a los cristianos, si necesita la luz de Cristo. Vamos a intentarlo.
Queridos catecúmenos, que vais a ser baptizados. Darle gracias a Dios. Y le pido especialmente a la Virgen Santísima por vosotros. El apóstol Juan la recibió como algo propio, como alguien propio. Sin Ella no entenderíamos plenamente el Misterio cristiano. Forma parte del Misterio cristiano. Que Ella, como madre, os acompañe y os guíe.
Y vamos ahora a proseguir en esta bella liturgia, con la celebración bautismal. Para vosotros, el inicio de la salvación. Para los demás, el recordatorio y la renovación de nuestras promesas bautismales, para comprometernos, ya que somos hijos de la luz, hijos de Dios, hermanos y coherederos con Cristo, de una vida nueva que exige que la actualicemos, la renovemos y cambiemos el mundo. Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
4 de abril de 2026, vigilia pascual
S.A.I Catedral de Granada
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