Compartimos el comentario al Evangelio en el II Domingo de Cuaresma, correspondiente al domingo 1 de marzo de 2026, realizado por el Secretariado diocesano de Pastoral Bíblica.
Como cada segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia propone siempre la lectura del relato de la Transfiguración de Jesús, cambiando de evangelista según el ciclo que corresponda a cada año. Este relato, junto al de las tentaciones, se erige como las dos hojas de una puerta que conducen al cristiano a lo más profundo de un tiempo precioso de gracia y conversión.
La primera lectura nos presenta hoy la vocación de Abrahán. Después de que, durante los primeros días cuaresmales, se nos haya mostrado el itinerario bíblico de la Creación, el pecado original, el Diluvio, la Torre de Babel, etc., llega el momento de contemplar cómo se inicia la historia de la formación del pueblo elegido. Esta historia comienza con una persona muy concreta, Abrán, y de una forma muy precisa, con una llamada: «Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré» (Gn 12,1). Esta vocación no viene sola, sino que se ve acompañada de una serie de promesas y bendiciones: «Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición» (Gn 12,2). Abrán acepta y se pone en camino «como le había dicho el Señor» (Gn 12,4a).
Con el salmista respondemos a la primera lectura pidiendo poder vivir de esa promesa de bendición hecha a nuestro padre Abrahán: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti». Esto puede hacerse desde la clara conciencia que existe en el creyente de que la palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales, ya que él ama la justicia y el derecho (cf. Sal 32,4-5).
En la segunda lectura, escogida del epistolario paulino, oímos a san Pablo recordar a Timoteo que todo cristiano debe «tomar parte en los padecimientos por el Evangelio» (2 Tm 1,8b), y esto sobre la base de que Jesús mismo «nos salvó y nos llamó con una vocación santa». Pareciera que la Iglesia quiere que veamos en estas palabras una actualización de la vocación de Abrahán, a la que todos estamos llamados y que se cumple de manera definitiva en el misterio pascual, profetizado en la escena evangélica que hoy contemplamos: «Se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad» (2 Tm 1,10).
El evangelista Mateo nos presenta hoy un episodio muy significativo en el que Jesús «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, subió con ellos aparte a un monte alto y se transfiguró delante de ellos» (Mt 17,1-2). El relato ofrece una serie de detalles muy característicos ya desde el principio, como la alusión a subir al monte alto, como hicieron Moisés y Elías en los momentos en que Dios se les manifestó, o la aparición de estos dos en medio de la nube que envuelve a los discípulos. Para el evangelista Mateo es importante dejar claro que Jesús es el cumplimiento de las promesas veterotestamentarias; por eso aparece como el nuevo Moisés o el Elías definitivo. Además, lo vemos transfigurado entre ambos, precisamente aquellos que representan la totalidad de la revelación divina: la Ley y los Profetas.
LA PALABRA HOY
Después de escuchar el evangelio de las tentaciones —un evangelio que refleja el combate diario del cristiano—, la Iglesia nos invita, con Pedro, Santiago y Juan, a contemplar la belleza del rostro radiante de Cristo, una belleza que desarma y vence.
Abrahán fue hecho padre de naciones cuando era ya un anciano estéril; Pablo fue hecho apóstol de los gentiles dejando de ser un sangriento perseguidor de cristianos; y la humanidad de Jesús transparenta ahora la divinidad, hecho ofrenda para nuestra salvación, hecho todo para todos con tal de ganarnos para su Reino celeste (cf. 1 Co 9, 22). También tú y yo podemos entrar en esta recreación que Dios quiere para nosotros si hacemos experiencia de que «tu gracia vale más que la vida» (Sal 63, 3).
Nuestra vida no consiste en evitar el mal, sino en vivir en el bien, en elegir siempre la vida nueva en la que nos introduce Jesús. Pero, para ello, hay que subir al monte de la oración, calzados por el ayuno, apoyados en el bastón de la limosna y dejándonos envolver por la nube de su bendición. ¿Cuál? La de escuchar cómo Dios te llama «hijo» y, además, subraya que en ti encuentra su complacencia. Busquemos llevar esta luz nueva a todos aquellos que aún viven en tinieblas y en sombra de muerte. Y María, nuestra madre, como estrella luciente, seguro nos acompaña en ese peregrinar.
Moisés Fernández Martín, presbítero diocesano
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