Realizado por el Secretariado diocesano de Pastoral Bíblica.
Un año más, puntual a su cita, llega la Cuaresma. Comenzamos este tiempo litúrgico con el significativo gesto de la imposición de la ceniza que nos recuerda nuestra condición frágil y transitoria y, a la vez, nos mueve a volver nuestra mirada al Señor como fuente de misericordia y de vida. La ceniza nos señala y nos orienta.
Rico en amor La liturgia de la palabra comienza con la lectura de la profecía de Joel. Un texto que nos invita a regresar al Señor. El profeta se dirige al reino de Judá en un tiempo de gran sufrimiento. El pueblo ha sufrido la devastación causada por las plagas y la sequía. La compleja situación despierta una especie de grito interior del profeta.
Es necesario volver al Señor. Para Joel son necesarios gestos concretos que expresen que el pueblo es consciente de su limitación. No basta solo los gestos externos de penitencia, sino que es necesaria una conversión real, profunda, interior. “Rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos”. Un corazón rasgado es un corazón que se deja sanar, un corazón que reconoce su culpa, pero no se encierra en ella, sino que está disponible para acoger al Señor.
La llamada a la conversión va acompañada de la revelación del verdadero rostro de Dios que es compasivo, lento a la ira, rico en amor y en misericordia. La conversión nace de la confianza en un Dios que es rápido para perdonar. Por ello, este tiempo nuevo ha de ser anunciado a todos: Sion, la asamblea, la gente, la comunidad, ancianos, muchachos, esposo, esposa, sacerdotes y hasta los niños de pecho. Nadie ha de quedar excluido de este tiempo de gracia en el que Dios se regala en su misericordia.
RECONCILIADOS CON DIOS
Las palabras de Pablo que leemos en la segunda lectura profundizan esta llamada a la reconciliación con Dios. Pablo se dirige a los creyentes recordándoles su identidad y su misión. El apóstol es embajador de Cristo con la misión específica de ser en medio del mundo reconciliador de Dios con la humanidad.
Reconciliaos con Dios es una llamada urgente a corresponder al amor de Dios que, en Cristo, nos ha reconciliado y espera nuestra respuesta. Somos cooperadores de la reconciliación. No responder ante la contemplación de quien ha dado su vida por nosotros es “echar en saco roto la gracia de Dios”. La Cuaresma es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.
TU PADRE, QUE VE EN LO SECRETO
El Evangelio evalúa nuestras practicas cuaresmales: ayuno, oración y limosna. Jesús cuestiona la manera de vivirlas y advierte del peligro de vivir estas prácticas condicionados por nuestros deseos de tranquilizar la conciencia, de ser vistos por los demás o de autoengañarnos con aparentar. Jesús propone un espacio alternativo para vivir y desplegar nuestro deseo de una vida “vuelta hacia el Señor”: lo secreto.
Lo secreto es el espacio donde nos encontramos con nosotros mismos tal y como somos y vemos nuestra verdad sin tapujos con sus fortalezas y sus límites. En lo secreto es inútil aparentar. En lo secreto nos encontramos con Dios desde lo que somos y le permitimos que mire nuestra vida tal y como es. La limosna nos abre a la comunión con el pobre, nos hacemos partícipes de su limitación y la aliviamos.
La oración nos permite vivir la sana tensión de la relación con Dios. Él tiene un espacio privilegiado en nuestra vida. Y, finalmente, el ayuno nos enfrenta con nuestros límites, nos hace constatar lo superfluo de lo que nos vamos rodeando y nos permite viajar a lo esencial donde radica la vida verdadera.
LA PALABRA HOY
A veces caminamos en la vida ajenos a lo esencial. De pronto, algo se rompe: un fracaso, una discusión, … Entonces descubrimos que no somos tan fuertes como habíamos pensado y necesitamos volver a lo esencial. La Cuaresma nos abre una puerta hacia lo que es importante en la vida y nos libera de lo que se nos va adhiriendo en el camino de la vida. Dios espera de nosotros la autenticidad de nuestros gestos y de nuestra mirada vuelta hacia él.
Ignacio Rojas Gálvez, osst
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