Pueblos aislados, desnutrición y abandono escolar marcan la vida cotidiana en la Chiquitanía, donde las misioneras y misioneros están presentes desde los años 80. Las consagradas han abierto espacios de acogida y estudio. Y así la fe y la cultura se convierten en educación, música, juego y esperanza para niños, jóvenes y familias