“Sed imitadores de Cristo, sed seguidores de Cristo”

Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en la Eucaristía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, celebrada en la Catedral el 5 de julio de 2026.

Queridos sacerdotes concelebrantes,

Queridos diáconos,

Queridos hermanos y hermanas en el Señor,

Acabamos de escuchar la proclamación de la Palabra de Dios, en este Domingo del Tiempo Ordinario. En este mes de julio, ya un mes vacacional. Y puede sonarnos de manera especial el Evangelio que acaba de ser proclamado y que Jesús nos invita que vayamos a Él los que estamos cansados y agobiados del curso, del trabajo. La necesidad del descanso.

El propio Evangelio nos dice que Jesús se lleva a sus discípulos a un lugar apartado para que descansen. Para que estuvieran con él, para instruirlos. Es necesario el descanso, ciertamente. Y el descanso no es no hacer nada. El Señor incluso nos da una pista de cómo tiene que ser el auténtico descanso, que no solo es el reposo material, reposo físico, la recuperación de las fuerzas físicas, sino también es ese descanso en el Señor.

Aprended, venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. ¿Cuál es el alivio de Dios? ¿Qué es lo que nos descansa? Nos descansa su Espíritu, como dice el himno, como dice la secuencia: “Descanso del duro trabajo, brisa en las horas del fuego”, refiriéndose al Espíritu Santo. Jesús nos da la receta del auténtico descanso. Ese descanso en el Espíritu, del que nos habla san Pablo en la segunda lectura tomada de la Carta a los Romanos, del capítulo precisamente dedicado a la vida en el Espíritu, nos ha dicho que si no tenemos el Espíritu de Cristo, no somos de Cristo.

El Espíritu Santo es el que nos asemeja a Jesús, el que va conformando en nosotros nuestros rasgos a imagen de los de Cristo, que es el modelo, que es el Mesías esperado que anuncia la profecía de Zacarías, que ha sido proclamada. Luego, queridos amigos, nuestra vida cristiana no es otra cosa que cincelar en nosotros, conformar en nosotros y moldear en nosotros a Cristo mismo.

Y Cristo nos ofrece su estilo, su manera de ser. Nos lo expresa en el Sermón de la Montaña, nos lo expresa en sus dichos y nos lo muestra en sus obras en el Evangelio. Por eso, la necesidad de conocer cada vez más a Cristo, conocer más el Evangelio, conocer más las palabras de Jesús, aprender sus milagros, aprender de Cristo.

“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”, hemos escuchado. Y eso nos dará una paz y una serenidad grande. Muchas veces queremos a imitar a Cristo, queremos tener los rasgos de Cristo, pero sin imitar a Cristo. Sin hacer ese esfuerzo de conformar nuestra vida interior, nuestra manera de ser, con el Evangelio. No, no es posible. No es posible, no podemos tener solo el pensamiento de Cristo teórico, sino que nuestra vida tiene que ser la imitación de Cristo, como dirían los clásicos o la “Sequela Christi”. El seguimiento de Cristo. Parecernos a Él.

También es como dice el dicho “quien me mire, te vea, Señor”. De tal manera que nos pase como a San Pablo “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí. Mi vivir es Cristo”. Y eso tiene que ser para nosotros, sin vacaciones posibles, el empeño de nuestra vida cristiana. Vivir según el Espíritu de Cristo, dejarnos llevar y cultivar los dones del Espíritu. Cultivar esa vida interior, ese progreso espiritual, ese ir quitando de nosotros lo que nos aparta de Dios y nos aparta de los demás.

Ese ir haciendo vida de nuestra vida. La lógica de Cristo, que es la lógica de la cruz. Y esto, queridos hermanos, sólo lo entendemos cuando le pedimos al Espíritu Santo la sabiduría de Cristo, esa que hablaba hoy en el Evangelio el Señor. “Te doy gracias, Padre, Señor de Cielo y Tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las ha revelado a los humildes”.

Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, y nadie conoce al Padre, sino el Hijo. Y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar. ¿Y a quien se revela, a quien se muestra Jesús? A los humildes, a los sencillos. Solo podemos entender así a Dios. Desde la sencillez, desde la humildad. Es más, el mismo Jesús trata constantemente de enseñar esto a sus discípulos. Incluso les pone a un niño como ejemplo. Lo abraza y dice “quien no se hace como uno de estos, no puede entrar en el Reino de los cielos”. Y no es cuestión de que nos hagamos unos niños físicamente. No es cuestión de eso. No, y menos en la edad del pavo. No es cuestión de eso, sino que vivamos una sencillez de vida, que vivamos con los criterios y la lógica del Evangelio. Que vivamos con esa lógica de las bienaventuranzas, esa lógica del perdón. Esa lógica de los últimos serán los primeros, esa lógica del abandono en la providencia del Señor, esa lógica de la paciencia cristiana. Esa lógica, en definitiva, del trato y de la oración confiada a Dios.

Queridos amigos, vamos a pedirle al Señor descansar en Él, aprender de Él. Y con esa humildad, que es vernos como somos, nuestros defectos, para corregirlos. Reconocerlos, corregirlos, pedirle al Señor perdón. Y al mismo tiempo, de conocer también las cosas buenas que Dios ha sembrado en nosotros y que hemos de hacer fructificar. Pidamos que el Espíritu Santo… No le estorbemos la obra de Dios que pueda hacer en nosotros.

Y sobre todo, ese amor que, como nos dice San Pablo también en la Carta a los Romanos, ha derramado en nuestros corazones, lo llevemos a la práctica en el amor a Dios y en el amor al prójimo.

Que acudamos a la Virgen. A ella, el pueblo cristiano le dice “Muéstranos a Jesús, el fruto bendito de tu vientre”. Es a Él a quien hemos de imitar.

Sed imitadores de Cristo, serdseguidores de Cristo. Parecernos a Cristo, sed como Cristo. Ese es el imposible de la santidad cristiana, que es posible porque el Señor se ha hecho uno de nosotros. Para que nosotros nos parezcamos a Él y vivamos el viejo sueño de ser como Dios.

Así sea.

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