“Tenemos que ir con la sencillez de los humildes, y pidiendo, al mismo tiempo, la sabiduría que el Señor concede”

Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del Domingo de la Santísima Trinidad, en la Catedral, el 31 de mayo de 2026.

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes, vinculados especialmente a la labor de las Siervas de María,

Queridos diáconos,

Queridos seminaristas,

Queridas hermanas, Siervas de María. Ministras de los enfermos,

Queridos hermanos y hermanas, y especialmente también quienes acompañáis por cariño, por agradecimiento a estas hermanas en esta efeméride,

En este Año Jubilar por los 150 años de su aprobación canónica de este Instituto religioso, que tanto bien ha hecho y hace en nuestra Diócesis de Granada y en tantas partes del mundo.

Son 175 años desde su fundación y los 200 años de santa Soledad Torres Acosta. Y como os decía también confluye en este día la fiesta en que la Iglesia mira con especial cariño y agradecimiento, y reza por los que rezan y las que rezan por nosotros. El día Pro Orantibus. Por ese carisma, la Iglesia en sus distintos institutos, congregaciones y órdenes religiosas dedicadas a la contemplación.

Los monjes y las monjas de clausura, los contemplativos, a los que tantos debemos también. Y hoy es la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Y os confieso que es el día más difícil para predicar, porque el misterio de Dios es inefable. No podemos ni tan siquiera acercarnos a Él sin la ayuda del Espíritu Santo. No podemos, ni tan siquiera, lo dice san Pablo, decir “Jesús es el Señor”, sin el Espíritu Santo. ¡Y qué bien! Y con cuánta razón les dice a los decorosos el Señor, el Padre de nuestro Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Porque nosotros, al igual que los apóstoles, solo podemos atisbar el misterio de Dios. El misterio inmenso de Dios, que se nos ha revelado en su Hijo Jesucristo.

Y nosotros también, quizás podemos, como cristianos ya de hace tiempo, recibir el reproche de Jesús como a Felipe. Cuando se dirige a Jesús y le dice “Muéstranos al Padre y nos basta”. Y Jesús le dice “Felipe, tanto tiempo con vosotros, y ¿aún no me conoces?. ¿Cómo podemos conocer el misterio de Dios? El mismo Jesús nos lo revela en el Evangelio, cuando nos dice que, lleno del Espíritu Santo, clama “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra. Porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has mostrado a los sencillos”. Y dice Jesús a continuación, “Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre más que el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Y Cristo nos ha mostrado el rostro de Dios. ¿Cómo es Dios? Como nos lo muestra nuestro Señor Jesucristo. ¿Cómo es Dios? Como Cristo. ¿Cómo es Dios? Como su Espíritu Santo, que se nos ha dado. Luego, queridos amigos, estamos llamados a conocer a Cristo, porque conociéndole a Él nos adentramos en el misterio del conocimiento de Dios por el camino de la Cruz, por el camino de la lógica. De la Cruz, que es la sabiduría de Dios.

Nos dice, precisamente esto, el Señor, los sencillos y los humildes. Los que saben reconocer el paso de Dios por sus vidas. Respondiendo al don de la fe, que es un don. Ya por nuestra razón, podemos rastrear el rostro de Dios en sus obras maravillosas, en la Creación, en tantas cosas maravillosas y en la grandeza propia del ser humano, de su dignidad infinita.

¿Pero quién nos ha mostrado a Dios? Nos dice la Sagrada Escritura, en la Carta a los Hebreos, “Dios de muchas maneras, habló antiguamente a nuestros padres por los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por su Hijo Jesucristo”. Cristo es la Palabra de Dios hecha carne. Es el que nos ha mostrado que Dios es uno en su naturaleza. Padre, Hijo y Espíritu Santo. Trino, en las tres Personas divinas. El Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios.

Y esto no lo atisbamos y no lo podemos comprender, abarcar totalmente. Y tenemos que ir con la sencillez de los humildes y pidiendo, al mismo tiempo, la sabiduría que el Señor concede y que determinadas almas grandes han sabido atisbar. En los místicos, entre ellos nuestro San Juan de la Cruz, que en esta ciudad de Granada escribió algunas de sus obras. El gran místico, siguiendo a la maestra de los místicos Teresa de Jesús.

Queridos amigos, vamos a pedirle al Señor que nos dé su conocimiento. Y ahí tenemos su palabra, para acercarnos a ella y acercarnos a Jesucristo, su enseñanza. ¿Cómo es Dios? Como nos lo muestra Jesús. Como el padre de la parábola que sale a buscar al Hijo. Lo abraza, lo perdona, lo cubre de besos. ¿Cómo es Dios? Cómo nos ha ido mostrando progresivamente la Sagrada Escritura y que Jesús nos revela plenamente.

“Quién me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Pero ya vemos, Moisés va descubriendo el rostro de Dios que no se le puede ver, que en su nombre no se puede pronunciar, pero que él mismo dice de sí que es compasivo, misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia. Ese Dios que también satisface en Israel en sus intervenciones, a pesar de la infidelidad del pueblo. Ese Dios que, como hemos escuchado en la segunda lectura de San Pablo, ama tanto al mundo que ha entregado a su Hijo por nosotros.

Ese Dios es el Dios de nuestro Señor Jesucristo. Es el Dios que nos acompaña, es el Dios que nos protege, es el Dios que está en nuestro corazón. “Si alguno me ama, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”. Es la inhabitación del Espíritu Santo. Somos templos suyos. De tal manera que nuestra dignidad es infinita.

Nos dice también San Pablo “Hemos recibido en un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sin un espíritu de hijo que nos hace clamar “Abba, Padre”. Señor, enséñanos a orar. Cuando oréis, decid así “Padre nuestro, que estás en el cielo”. Luego, esta es la gran revelación de Jesucristo. Que Dios nos ama. Así, san Juan, en su primera carta, nos dirá “Nosotros hemos conocido el amor de Dios y hemos creído en Él”.

Es el primer credo. Es el credo fundamental. El mismo apóstol Juan nos define a Dios como amor. Dios es amor.

Por tanto, esta es la grandeza del cristianismo. No es un Dios “mete miedo”. No es un Dios que ha creado el mundo y se olvida de Él. No es un Dios impersonal. Sino que es un Dios que nos ama con la ternura de un Padre, que se nos ha entregado en su Hijo Jesucristo, que nos ha mostrado que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Y somos sus amigos.

Este es el Dios que nos dice San Pablo, que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Con ese amor que Dios ha depositado en nosotros y que hace que nuestra vida merezca la pena ser vivida y los demás sean también, junto con Cristo, herederos de Dios, coherederos con Cristo.

Queridos amigos, esta es la grandeza del cristianismo. Esta es la grandeza de nuestra fe, que confesamos en este día y que resumidamente, al hablar de la Trinidad, nuestro san Juan de Ávila, a través del cual se convierte san Juan de Dios… Nuestro San Juan de Ávila, que predicó en esta Catedral, nuestro San Juan de Ávila, que vivió ahí, en mi casa, en el Palacio… Nos resume el gran Apóstol de Andalucía diciendo que Dios es amor, predica amor y envía amor.

Dios, que es amor, es el Padre. Predica amor Jesucristo, el Verbo de Dios hecho carne, y envía amor el Espíritu Santo, que ha sido derramado en nuestros corazones. Luego, queridos amigos, cómo respondemos a este Dios. Con la oración, con el trato, con la adoración, con el señorío de Dios en nuestra vida, con la primacía de Dios en nuestra existencia. No relegándolo cuando lo necesitamos, no relegando al olvido, no viviendo como si Dios no existiera. Sino fundamentando nuestra vida personal y nuestra vida social y colectiva en esa fe. En el Dios Uno y Trino, que es el que se nos ha mostrado y hacia el que nos encaminamos en su Hijo Jesucristo, por el Espíritu Santo. Y que nuestra vida llegará a esa plenitud en la Resurrección.

Pidamos por estas hermanas nuestras, también en este día. Ellas se dedican de manera silenciosa, pero con el agradecimiento de las personas, de las familias, en cuyas casas se hacen presentes para ayudarlas en el cuidado de los enfermos, especialmente durante la noche.

Ellas sí que son ángeles de la noche. Recemos por ellas. Hoy, cuando las familias se desintegran, cuando se va dejando a un lado los enfermos, y sobre todo los ancianos, ellas están ahí. Por tanto, es una suerte, es una gracia poder contar con vosotras, queridas hermanas, en Granada. Y recemos por quienes rezan por nosotros.

Todas estas intenciones las ponemos en manos de Santa María, la madre de Dios y madre nuestra, que el pueblo cristiano la invoca como la hija de Dios Padre, la madre de Dios Hijo y la esposa de Dios Espíritu Santo.

Que ella nos ayude a acercarnos al misterio de Dios y a vivirlo en nuestra vida con plenitud.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

31 de mayo de 2026
S.A.I Catedral de Granada

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