Esa presencia en el Vaticano II —veintitrés oyentes admitidas por primera vez en una asamblea de obispos— fue el resultado de un gesto de apertura del Papa Pablo VI destinado a producir efectos duraderos en la Iglesia.
Esa presencia en el Vaticano II —veintitrés oyentes admitidas por primera vez en una asamblea de obispos— fue el resultado de un gesto de apertura del Papa Pablo VI destinado a producir efectos duraderos en la Iglesia.