Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en la Eucaristía del VI Domingo del T.O y renovación de las promesas matrimoniales de los cónyuges que celebran su 50 y 25 aniversario de sacramento esponsal, celebrada en la Catedral el 15 de febrero de 2026.
Queridos sacerdotes concelebrantes;
queridos seminaristas;
querido diácono;
queridos delegados de Pastoral Familiar;
queridos matrimonios que cumplís los 50 y los 25 años de casados;
queridos hermanos y hermanas (también los que nos seguís a través de TG7, de la televisión, y a través de las redes sociales):
Os saludo en el Señor en este sexto domingo del Tiempo Ordinario.
Cada domingo es un encuentro con el Señor. Es un encuentro con el Señor Resucitado, que nos ha dicho “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” o “donde dos o tres están reunidos en mi nombre -y es lo que hacemos ahora- ahí estoy Yo en medio de vosotros”. Por eso, qué realidad cobra ese saludo del celebrante: “El Señor esté con vosotros”. Claro que está con nosotros. Y más, en esta celebración del domingo en que recordamos, celebramos la Victoria de Cristo, Su Resurrección; anunciamos Su muerte y, al mismo tiempo, esperamos Su Venida gloriosa.
Y el encuentro con el Señor es en Su Palabra, que nos escucha y nos habla sobre todo con la Sagrada Escritura; el encuentro con el Señor es en la Eucaristía, como los discípulos de Emaús, al recibir Su Cuerpo, y al mismo tiempo, ese encuentro con los hermanos, en los que vemos otros miembros de Cristo, de ese Cuerpo que es la Iglesia. Y eso es lo que estamos haciendo. Es la realidad que hay detrás de ese cumplimiento dominical. Y eso nos ayuda a celebrar el domingo como una fiesta cristiana y a ser posible en familia.
Y en este domingo, ¿qué es lo que nos dice la Palabra de Dios? ¿Qué es lo que nos trae? Ella es “lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro sendero”. ¿Qué es lo que quiere decirnos el Señor en este domingo a través de Su Palabra? Pues, nos habla de la Ley de Dios. Nos habla primero ese libro del Antiguo Testamento, de la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, en que Dios ha puesto entre nosotros el bien y el mal. El ser humano es un ser moral, no obra por instinto, obra por atracción del bien y el rechazo del mal. Lo que pasa es que el pecado ha producido en nosotros ese debilitamiento de nuestra voluntad a la hora de escoger y a la hora de seguir el bien, y ese oscurecimiento de nuestra inteligencia a la hora de saber qué es lo que es bueno y lo que es malo. Y por eso el Señor se ha revelado en esos principios básicos que constituyen la ley natural, que está en el corazón del hombre, y que el Papa Benedicto XVI llamaba la “gramática de la naturaleza”.
Nuestro mundo está loco, porque ahora la ley es lo que uno quiere, personal o colectivamente: si lo decide una mayoría, eso es bueno, o legal, pero lo identificamos legal con bueno. Y aunque unas legislaturas antes o no hace mucho, eso era malo. Y entonces, nos dejamos llevar de las modas o de las conveniencias, o del qué dirán, o de lo que se lleva, y así nos va. ¿Y entonces qué ocurre? Pues, que esa ley inscrita en nuestro corazón queda desvirtuada. Y estamos a merced de mayorías; estamos a merced de pactos; estamos a merced de conferencias, o del subjetivismo, de lo que me apetece, lo que quiero, lo que a mí me parece. Y claro, así es muy difícil establecer un orden social firme. Así es muy difícil poner esas convicciones en el ámbito público, porque cambian según el sol que más calienta. Como decían los hermanos Mars, “estas son mis convicciones, pero si a usted no le gustan, tengo otras”. Y así es lo que en nuestro decir popular se llama chaqueteo. Y hay un chaqueteo personal y hay un chaqueteo colectivo, y así nos va.
Y no tenemos esa seguridad en tantas cosas que ilumine, anime, lo cual no significa imponer nuestras convicciones a los demás. Porque hay unas convicciones que son profundas, que son del ser humano, que son de la naturaleza humana. Un hombre es un hombre, una mujer es una mujer. La vida debe ser respetada. Haz el bien y evita el mal es el principio básico. Pero claro, hay gente que entiende el bien de una manera y el mal de otra, y así nos va. Y entonces, el Señor ha explicitado su Ley, y son los diez mandamientos. Y esa explicitación de su Ley, donde están contenidas nuestras relaciones con Dios, creador y fundamento de la existencia humana, nuestras relaciones con los demás, en el respeto, en el respeto a la vida, en el respeto a su fama, y están también contenidas las relaciones y los deberes para con nosotros mismos. Porque también tenemos que preservar la vida. Tenemos unos deberes para con nosotros mismos, para nuestra salud.
Y eso común a todo hombre, y está inmerso en todas las civilizaciones, queda y llega a su culmen con Jesucristo. Con esa sabiduría de la que habla San Pablo en la segunda lectura. Pero el Señor nos pide a los cristianos que no nos quedemos en los mínimos, que no nos quedemos en el “ir tirando”: “Si vuestra justicia no supera la de los escribas y los fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos”.
Y Jesús, hemos escuchado en este pasaje del Sermón de la montaña, todas esas exigencias que se puede decir “pues, mire usted, es que eso es una utopía, es que la bienaventuranza eso, vamos, eso ni los curas”. Es decir, eso es imposible. Pues no, los santos nos muestran que eso es posible, sólo que los santos no sólo son los que canonizan, sino son esos santos que los echamos de menos cuando no están a nuestro lado. Son esas personas buenas, esas personas que perdonan, esas personas que a veces decimos está haciendo el tonto y es la lógica de Jesús, es la lógica del perdón, es la lógica de esos matrimonios fieles, a pesar de las dificultades, como vosotros, queridos esposos, las habéis tenido, os habéis enfadado, ha habido momentos de tensión, ha habido momentos en que la convivencia ha sido difícil, pero ahí entra el perdón, ahí entra la generosidad, el que hemos visto en nuestros padres y en tantas personas sencillas que no se imponen a los demás, que perdonan, que cogen, que no miran a sí mismos, que son serviciales, tantas y tanta gente que vive el Evangelio con naturalidad, en la vida de familia, en relaciones sociales, en tantos consagrados y consagradas al Señor, que han entregado su vida y entregan su vida por los demás, desde las misiones, a los centros de atención, al cuidado de los niños, en tantas y tantas personas buenas, santas.
Es posible el Evangelio. Pero claro, nos dejamos llevar de una lógica humana, que no es la sabiduría de la que nos habla la segunda lectura, no es la sabiduría de Cristo, no es esa sabiduría de la cruz, sino es la sabiduría “del tanto tiene, tanto vale”, es la sabiduría del poder, es la sabiduría de la mayoría, es la sabiduría, entre comillas, “de este mundo”. Es la lógica que se lleva en la mundanidad, en la de vernos influenciados por un ambiente de polarización, de adversarios, de lo otro, de imposiciones, de ideologías, donde vivir nuestras propias convicciones cristianas son algo raro, resulta extraño y aunque lo aceptemos, pero luego nos avergonzamos, y entonces tenemos que pedir al Señor la valentía de ser cristianos, de creernos el Evangelio, de no ser de esa clase de cristianos que nos hemos sacado de la manga creyentes, pero no practicantes, o son los cristianos en Semana Santa para sacar al santo y darle una vuelta, aunque eso tenga unos sentimientos religiosos. Pero, se tiene que notar en nuestra vida. Y no se trata de tocar la campana, no se trata de tocar el tambor, no se trata de llevar una banda al lado. Se trata de vivir coherentemente en la familia, en nuestras opciones personales, es decir, en lo que yo hago cada día: ¿qué es lo que haría Jesús, qué es lo que me dice el Evangelio?; en esto que me han hecho, ¿perdono o no perdono, me creo realmente lo de perdona nuestras ofensas, como yo también “perdonamos a los que nos ofenden”, nos creemos realmente que tenemos que mirar a los más pobres necesitados, nos creemos en la lógica de acoger, de integrar, de proteger a quienes vienen de fuera defendiendo su vida, integrarlo entre nosotros, o lo que prima son las razones políticas?
Y entonces, el Evangelio nos pide y nos exige más: “Sabéis que se dijo…, pero Yo os digo”. Jesús exige más. Y eso no es una utopía, queridos amigos. Eso es que lo intentemos, y no significa que seamos unos perfectos, sino que vayamos en mi situación concreta, en mis relaciones familiares, en mi matrimonio, en mi relación con mis hijos, en la vida social, en el trabajo; el ser cristiano nos saldrá unas veces y otras no, tendremos dificultades, habrá maneras de pensar a las que tenemos que decir que no, y decir como cristiano, mire usted, yo tengo que ser coherente con mi fe. Y esto cuesta. Lo cual vuelvo a repetir, el cristianismo no es perfectísimo. El Señor nos ha dicho “no tienen necesidad de médicos los sanos, sino los enfermos”, que somos nosotros. El Señor nos ha dicho “no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”, y eso somos nosotros, y nos arrepentimos, y nos levantamos, acudimos al perdón de Dios, y volvemos a comenzar.
Pero, ya está bien de que guardemos el cristianismo para otras épocas. Ya está bien de que miremos al pasado, dándonos cuenta de que es aquí, ahora, en nuestra Granada ahora, en nuestras circunstancias de ahora, en nuestra familia de ahora, donde tenemos que llevar a la práctica el cristianismo. Y este cristianismo tiene muchas formas, y muchas formas variadas. Y el cristianismo se adapta a nuestra vida, a nuestras circunstancias, no se le pide a un padre, a una madre de familia que rece como un monje; no se le pide a un monje que esté volcado en el trabajo y disipado; no se le pide a una madre de familia que esté todo el día en la iglesia. Es decir, cada uno en su circunstancia, en su estado de vida, en su trabajo, transformándolo según el querer de Dios. Eso tiene que poner en acto esas exigencias de Jesús, del perdón, de la oración, de la mirada limpia, de la acogida, del desprendimiento, de la mirada a los más necesitados. Y eso a veces es hacer el tonto, claro que sí. Eso a veces es hacer el tonto, pero el tonto en Cristo. Eso nos va muchas veces con la listeza: “Pero tú eres tonto, pero tú ¿por qué te dejas?”. Bueno, Dios sabe más, Dios sabe más.
Vamos a pedirle ayuda a la Virgen. Ella sabe. Le decimos “ruega por nosotros pecadores”. Ella sabe de qué pasta estamos ellos. Vamos a pedirle que nos ayude a cumplir lo que Ella les dijo a aquellos criados en las bodas de Caná: “Haced lo que Él os diga.
Y queridos esposos, gracias por esta fidelidad, hoy el matrimonio está en desuso. Incluso en las familias cristianas, no se casan. Es verdad que hay condicionamiento económico. Es verdad que hoy acceder a una vivienda es imposible para los esposos jóvenes, y es una injusticia de primer orden. Es verdad tantas cosas, pero, para sacar adelante un matrimonio y unos hijos, no hay que esperar a que sean ricos. Y eso lo sabéis vosotros. Os habéis lanzado, habéis pasado sacrificios, habéis pasado dificultades. Adelante, adelante. Seguid dando ese testimonio y animar, para que el compromiso cristiano no se quede sólo en unas buenas palabritas. Esto no es fichar por un equipo de fútbol por dos temporadas. Esto no es que tenga una fecha de caducidad como si fuese una medicina o un alimento. El amor es para siempre. Y ese para siempre se ha olvidado.
Vamos a pedir al Señor recuperar el sentido cristiano del amor, el sentido cristiano de la entrega, el sentido cristiano de unos esposos, que, unidos, hombre y mujer… esa es otra: se llaman esposos a veces a realidades que no las son, porque no respetan la realidad de la naturaleza humana, porque se impone lo que a mí me parece, lo subjetivo.
Vamos a pedirle al Señor que las cosas vuelvan a su orden. Y vamos a pedirle a María que nos ayude a vivir como Dios manda, nunca mejor dicho.
Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
15 de febrero de 2026
S.A.I Catedral de Granada
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