“Tenemos que atender, tenemos que dar respuesta”

Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la Misa funeral por las víctimas del accidente de Urda, el 4 de noviembre de 2026.

Queridas autoridades civiles, judiciales, militares de los cuerpos y fuerzas de seguridad,

También representantes del ferrocarril, de Renfe, de Adif,

Queridos hermanos y hermanas,

Queridos granadinos y granadinas,

Hoy es un momento, también para nosotros, de profunda comunión y de cercanía y respeto. Para los creyentes, de oración, de cercanía también y de solidaridad con las víctimas, con sus familias… Del accidente de Urda.

Humanamente, ¿qué tenemos que decir? Me preguntaba esta tarde, rezando un rato, ¿qué puedo yo decirle a mi gente de Granada? Esta tarde, ante este acontecimiento que hemos vivido todos y vivimos con sus consecuencias. En tantos ámbitos de la vida, desde lo emocional a esa cercanía que siempre nace en los momentos difíciles. El hermanamiento con el semejante, especialmente en los momentos de dificultad, es más visible, más palpable.

Cuando aparcamos en los momentos de dificultad las diferencias, cuando precisamente las barreras y los muros que, desgraciadamente levantamos en nuestra sociedad hasta paralizarlo, se rompen y se caen cuando vemos el sufrimiento ajeno. Porque tenemos ese sentido de humanidad, gracias a Dios, que nos hace cercano. Desde esa dimensión del amor a los demás, y para un creyente, desde el amor de Dios que mira con compasión y con cariño, viendo en el otro el mismo rostro de Cristo sufriente. Esa cercanía la hemos experimentado estos días como un tiempo de pasión, de sufrimiento.

Por desgracia, estamos viviendo una época de sufrimiento en nuestro mundo. Nos lo acercan los medios de comunicación, los informativos, pero también, por desgracia, nos acostumbramos y pasamos después en esa sucesión de noticias a otras como si estuvieran lejanos, incluso en otra galaxia. Pero cuando nos toca por la cercanía, ese sufrimiento y ese dolor… Ese hermanamiento hacia con nuestros semejantes, con nuestros iguales, con nuestros paisanos, con nuestros amigos, con nuestros familiares, se nos pone esa cercanía mucho más viva.

Estamos, os decía, viviendo unos tiempos difíciles y duros. Ciertamente, nuestro país lleva circunstancias, a veces con el escenario del ámbito del ferrocarril, muy en primer plano. Hay desgracias que vienen sobre nosotros como humanidad, como colectivo, como pueblo, que no las podemos evitar. Ahí está lo que hemos sufrido en la pandemia, incluso hasta experimentar la cercanía de la muerte y sentir esa plaga exterminadora en tantos miles y miles y miles de personas en todo el mundo.

Hemos vivido esto con dolor, con sufrimiento. Quizás no hemos sacado esa lección de dependencia y de tomar en serio que dependemos unos de otros. Y para un creyente, dependemos de Dios. De que no las tenemos todas consigo, de que no manejamos todo. Vivimos también en un mundo con escenarios de guerra. Pero vuelvo a decir, hay catástrofes, hay dificultades, hay tragedias que son sobrevenidas y a las que no podemos hacer frente.

También lo hemos experimentado de manera cercana en Granada, en el área metropolitana, con los terremotos. Ciertamente, estamos en una zona sísmica, pero hemos visto nuestra debilidad y vemos las consecuencias. Hemos visto y hemos pasado el estado de ánimo de impotencia, de sufrimiento y de miedo y angustia ante esta dificultad que nos sobrepasa y que nos hace de nuevo recordar que no las tenemos todas consigo.

Pero hay, queridos amigos, otras desgracias que sí las podemos evitar. Que sí podemos, ciertamente, aprender de la experiencia, aunque sea dolorosa para evitarla, para anticiparnos, para sacar de nosotros lo mejor. No son los momentos de dificultad y de emergencia, que ciertamente damos una lección, y sobre todo nuestro pueblo, de ejemplaridad y la cercanía. Como hemos visto antes con los habitantes de Aragón y también ahora con los de Urda y toda la comarca.

Al mismo tiempo, de la cercanía, de la competencia de nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad y de protección civil, del personal sanitario, de los centros de salud, sanitarios, para ayudar. De cercanía también de toda esa población que se ha lanzado por encima de lo que veía: Una auténtica catástrofe, no solo humanitaria, sino dantesca, hasta aquello que no van a olvidar fácilmente, si llegan a olvidarlo.

Pero ante esto, pasamos página. Tenemos que atender, tenemos que dar respuesta. Pero esa respuesta también viene y nos lleva de la mano a otra palabra con la que están enlazada etimológicamente. Y es la de responsabilidad. De responsabilidad de quien tiene que examinar en qué hemos fallado. Y hay algunos fallos de los responsables más directos, ciertamente. Pero, ahora es el momento de responder como un bálsamo para esas familias, para esas víctimas.

Porque la verdad, la verdad, aunque escueza, aunque nos duela, es bálsamo que nos cura. Porque cura la memoria, porque nos pone como antídoto ante las dificultades que se puedan presentar y que hemos de evitar. Pero, queridos amigos, esto no podemos hacerlo solos, esto no podemos hacerlo en un clima de enfrentamiento, de violencia verbal. Esto no podemos hacerlo o esperar a ser buenos y mejores cuando hay una catástrofe y, después, en el día a día que exige el trabajo, que exige el esfuerzo, que exige la cooperación, que exige el bien común… Es común también en su prosecución. Y ahí tenemos que dar la talla.

Somos y estamos divididos, desgraciadamente. Y esto no nos lleva a ninguna parte. No podemos volar con un motor excluyendo al otro, sino que necesitamos una armonía social. Necesitamos una concordia. Necesitamos destruir las barreras para que en el día a día, como pueblo, nos sobrepongamos. Queridos amigos, somos también una región que sufre esas consecuencias de manera especial. Es como una onda expansiva y lo hemos experimentado en los terremotos. Esa onda expansiva tiene dimensiones no solo emocionales, no solo físicas, no solo psicológicas. Tiene consecuencias expansivas en lo económico y, por supuesto, en lo político y social.

No hagamos ahora a un paréntesis en las campañas para de nuevo volver a coger las armas de unos contra otros. Y nuestro pueblo está expectante ante que nos pongamos de acuerdo para hacer una sociedad mejor, donde el bienestar, lo que es público, lo que nace del bien común y es común en su origen, porque es partícipe de todos y para todos, esté por encima de lo que políticamente es correcto. Llamado interés general, que no es otra cosa que una suma de intereses en que cada uno tiene su parte en la tarta y va a “¿qué hay de lo mío?” Personal o colectivo.

Yo esto se lo pido al Señor como obispo. Y soy consciente también que mis hermanos obispos de la Conferencia Episcopal… De esta llamada a la concordia, a la unidad, a darnos la mano unos con otros para sobreponernos, para no pasar las páginas, para que en nuestro calendario tengamos una nueva fecha de la paz.

Queridos amigos, pidámosle a la Santísima Virgen del Trabajo, a la Santísima Virgen del Trabajo que está aquí, de la Hermandad de los Ferroviarios. Para que Ella, con su manto nos ayude, nos proteja, nos cuide. Sabemos de nuestra Virgen de las Angustias ante su Hijo… En ella y en Él están representadas las angustias, todas nuestras, pero también las de nuestro pueblo de Andalucía, las de nuestra Patria.

Pensemos y recuperemos la esperanza. Las víctimas nos reclaman esa esperanza. Desde la verdad, desde la memoria en la verdad y en la responsabilidad. Nos reclama una España mejor, un mundo mejor. Y esto es lo que tenemos que poner. No podemos hacer una lista de agravios sin más, para ir lanzándonos de vez en cuando los unos contra los otros. Que ya tenemos triste experiencia histórica, lejana y más cercana, de que eso nos lleva a un final fatal.

Pidamos, sin ser tremendistas, sin poner un ribete negro en mis palabras, sino animando precisamente a la concordia, a superar barreras. A darnos, no digo una tregua, porque no estamos en guerra, no podemos estar en guerra, no nos podemos permitir estar enfrentados… Sino sacar adelante, por la grandeza de nuestra nación, de nuestro pueblo, por el bien común, por las víctimas.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

4 noviembre de 2026
Catedral de Granada

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