Las conversiones del islam al cristianismo han aumentado de manera constante en Europa en los últimos años, lo que ha impulsado el surgimiento de misiones locales especializadas. Sin embargo, pocos conversos llegan al punto de abrazar la vida religiosa o sacerdotal.
Para estos conversos, la decisión de renunciar a su religión implica riesgos y sacrificios considerables —desde la ruptura de los vínculos familiares y el rechazo social hasta la violencia física—, y no siempre cuentan con el apoyo de la jerarquía de la Iglesia Católica, que a menudo busca evitar tensiones religiosas en un continente marcado por intensos debates sobre la inmigración y las identidades locales. La historia del P. Mustapha Amari es emblemática en este sentido.
El P. Amari, ordenado hace casi 10 años, se convirtió al catolicismo después de un recorrido profundamente intelectual, pero terminó siendo repudiado por su propia familia y encontró reticencias en una Iglesia poco acostumbrada a situaciones de este tipo. Finalmente, encontró su lugar dentro de la Iglesia Católica a través de la comunidad Chemin Neuf.
El atractivo de la universalidad del Evangelio
Mientras que muchos conversos del islam afirman haber encontrado a Cristo a través de profundas experiencias místicas, el camino del P. Amari, que ahora tiene 40 años, fue más gradual e interior.
Nacido en Argelia en el seno de una familia musulmana que emigró a Francia cuando él tenía 5 años, creció practicando la religión de sus padres, pero sin haber tenido nunca una verdadera experiencia de Dios.
Eso cambió durante sus estudios universitarios en Estrasburgo. Rodeado de musulmanes practicantes, así como de cristianos y ateos, comenzó a cuestionar sus propias creencias y a estudiar filosofía. “Mi fe floreció primero a partir de una pregunta filosófica, antes que de una existencial”, afirmó.
“El primer punto de inflexión llegó cuando descubrí a Blaise Pascal, quien no habla del Dios de los filósofos y los eruditos, sino del Dios sensible al corazón, el Dios de la Revelación. Fue entonces cuando pensé: ‘Quizá me he perdido lo esencial al buscar únicamente a través de la razón’”, recordó.
Un amigo universitario protestante le regaló entonces un Nuevo Testamento, lo que terminó cambiando su vida. Mientras lo leía, instintivamente comenzó a repasar toda su existencia y se dio cuenta de que Dios lo había guiado hasta ese preciso momento. “Algo en mi corazón comenzó a abrirse”, afirmó.
Hasta entonces, siempre se había preguntado por qué su vida había transcurrido tan bien. Después de pasar un año en un barrio difícil cuando llegó a Francia, su familia se había establecido en un pueblo de la región de Alsacia, donde sus habitantes los acogieron y cuidaron con calidez. Sintió que finalmente estaba recibiendo la respuesta que su corazón había anhelado durante todo ese tiempo.
Había intentado regresar al islam, pero no encontraba ninguna razón para hacerlo más allá de sus raíces. Sentía que la religión de sus padres estaba demasiado influida por la cultura y que no le permitía llegar a Dios, ya que su concepción de la trascendencia excluye la búsqueda de signos tangibles de la presencia divina.
“Los Evangelios me devolvieron la visión del sentido más profundo de la existencia y me hicieron comprender que Dios es amor, que fuimos creados para ser amados”, afirmó. “Gracias a Jesús, todas las piezas del rompecabezas encajaron”.
“En Jesús, Dios sigue un camino único para cada persona. Dios es universal porque puede tomar el camino adecuado para cada uno, a través de la enfermedad, de un llamado misionero, de todo tipo de cosas”.
Todo o nada
Sin embargo, en aquel momento todavía no era consciente de que elegir a Jesús le exigiría sacrificios considerables, comenzando por su propia familia. Aún no había sido bautizado cuando su padre lo repudió y su madre dejó de responder a sus llamadas telefónicas.
Por su parte, la Iglesia tampoco lo recibió precisamente con los brazos abiertos al principio. Cuando preguntó por el Bautismo en una parroquia de Estrasburgo, cuenta que le dijeron que regresara después del verano y, posteriormente, que habría que consultar al obispo porque se trataba de “un caso especial”.
“Sentí que estaban tomando precauciones”, afirmó. “Me molestó un poco, pero de alguna manera lo entendía”.
La dolorosa pérdida de su familia hizo que su compromiso fuera aún más apremiante. “Me dije que no podía aceptar perder a mi familia para que mi fe cristiana consistiera simplemente en ir a Misa los domingos”, afirmó. “Tu vida con Jesús tiene que ser al 100 %; de lo contrario, no vale la pena”.
La decisión de ingresar al sacerdocio se le hizo evidente después de un año de voluntariado y de un retiro ignaciano de un mes en silencio. La sensación de haber recibido innumerables gracias a lo largo de su camino de conversión superó su temor inicial a la soledad y al celibato.
“El versículo bíblico que dice: ‘A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá’, resume toda mi vida”, añadió.
Hay tantas personas que no tienen la gracia de encontrarse con Jesús, ¿por qué yo?, se preguntaba constantemente. “Sentía que, si seguía recibiendo sin entregarme a mí mismo, sería como un fruto podrido en una rama”.
Descubrir el estilo de vida propuesto por la comunidad carismática Chemin Neuf —basado en la vida comunitaria y la responsabilidad compartida entre laicos y clérigos— le proporcionó el equilibrio que necesitaba. Fue ordenado sacerdote en 2017 como miembro de la comunidad y actualmente está vinculado a una parroquia en las afueras de París.
Las dificultades derivadas de su condición de converso no desaparecieron con su vocación religiosa. Aunque nunca sufrió represalias directas por abandonar el islam, pronto tuvo que limitar sus testimonios en internet a plataformas de comunidades católicas. “Cuando abrí mi cuenta de TikTok, alrededor de 2018 o 2019, recibí comentarios muy violentos y tuve que detenerme; no estaba preparado para eso”.
Atribuye a la comunidad de creyentes el haberle dado la fortaleza que necesitaba para afrontar las adversidades y la soledad a lo largo de los años. Lo experimentó a través de lo que considera una parábola, una noche en Portimão, en el sur de Portugal, donde dirigía junto con su comunidad un festival para 4.000 jóvenes durante la semana previa a la Jornada Mundial de la Juventud de 2023. También era el cumpleaños de su madre, e intentó llamarla cinco minutos antes de subir al escenario.
“Como de costumbre, se negó a responder”, contó. Unos minutos después, con renovada determinación, invitó a los jóvenes a entregar sus vidas a Jesús. “Vi a miles de ellos acercarse, impulsados por su fervor. Es una de las imágenes más hermosas de mi vida”, afirmó.
Insistió en que no guarda ningún rencor hacia sus padres. Reconoce que, al convertirse en cristiano y después en sacerdote católico, les exigió mucho. Aunque recientemente ha comenzado un proceso de reconciliación con sus padres gracias al poder de la oración, también señala que esta ruptura ha dado frutos dentro de su propia familia.
Cuando era niño, su excelencia académica le había valido el favor especial de su padre, en ocasiones en detrimento de sus hermanos.
“Perdí mi lugar en la familia”, dijo el P. Amari, “pero ese lugar les fue dado a mis hermanos y hermanas de otra manera. Y eso es maravilloso”.
Por su parte, Dios le dio “una familia cien veces mayor”: una comunidad religiosa, hermanos y hermanas, y casas por todo el mundo.
Publicado originalmente en el National Catholic Register. Traducido y adaptado por el equipo de EWTN News Español.