La primera vez que un médico le dijo al sacerdote colombiano Andrés David Forero que tenía un linfoma, a principios de este año, el joven presbítero intentó negarlo. “Me decía a mí mismo que era solo una inflamación”, explica en conversación con EWTN News Español. Llevaba semanas sintiéndose mal. Caminaba casi arrastrándose y, sobre todo, convivía con un dolor paralizante.
“Durante la noche de Navidad terminé de pronunciar la homilía y mi cuerpo colapsó”, recuerda el joven, que entonces era diácono. Andrés David fue ordenado presbítero el 5 de marzo por el Obispo de Mallorca (España), Mons. Sebastià Taltavull, en la parroquia de Sencelles, donde ya ejercía su ministerio diaconal.

Andrés David Forero.
El 7 de enero ingresó en el hospital. Tras someterse a diversas pruebas, llegó el terrible diagnóstico. “Estaba en una etapa muy avanzada. El linfoma es un cáncer en la sangre por todo el tejido linfático, que se extiende por todos lados”, explica.
La noticia desencadenó en él una profunda lucha espiritual. “La primera pregunta de mi corazón fue: ‘¿Por qué a mí? Si yo intento ser bueno, si yo he entregado mi vida para ti, ¿por qué a mí?’”.
“¿Cuándo me voy a morir?”
En aquellos momentos, admite que “no tenía ganas ni de rezar”. El P. Forero, no sabía nada de tipos ni de plazos, pero en un instante lo supo todo del terror. Tenía 28 años y sólo le hizo una pregunta al equipo médico: “¿Cuándo me voy a morir?”.

Como tantas personas, había asumido que la palabra cáncer era sinónimo de una sentencia de muerte. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. El pronóstico depende del tipo de tumor, de su estadio y de su extensión.
Su respuesta enojada es legítima incluso para quienes sostienen su vida sobre una fe sólida y ven en todo lo que sucede la mano de Dios. Fue precisamente la oración la que fue transformando poco a poco ese interrogante.
“Después de un tiempo rezando también dije: ‘¿Y por qué no?’”, relata. Más tarde llegó a una conclusión que hoy resume con serenidad: “Dios no me ha prometido no sufrir una enfermedad, sino nada más que su amor”.
Ahora asegura no tener miedo a la muerte: “Esta supone encontrarse cara a cara con el Señor, que es a quien he buscado durante toda mi vida”.
La esperanza que se apoya en la Cruz
La fe ha sido el principal apoyo para afrontar la enfermedad. No desde una visión ingenua del sufrimiento, aclara, sino desde la experiencia de Cristo crucificado: “No quiero romantizar estos momentos porque son difíciles de asumir, pero es a luz de Cristo, a luz del Crucificado que nuestras heridas se purifican”.
Y añade: “Eso no quiere decir que los creyentes no sintamos dolor y que no sintamos tristeza y miedo, pero significa que tenemos esperanza y Él nos da la esperanza, Jesucristo nos da la esperanza”.

Durante el tratamiento descubrió también la presencia de Dios a través de quienes le rodeaban. Sus padres viajaron desde Colombia para acompañarlo durante todo el proceso de quimioterapia. Pero no fueron los únicos. “Había tres seminaristas que se turnaban cada noche para dormir conmigo porque yo no me podía mover. Ellos me ayudaban a levantarme”, recuerda.
En los momentos de mayor fragilidad se sintió especialmente arropado por su familia, por sus amigos y por la comunidad eclesial. Una experiencia que transformó profundamente su manera de entender la acción de Dios. “Sé que su amor me acompañará sea como sea, esté como esté”, resume.
Subdelegado de Cáritas Mallorca
Tras el diagnóstico tuvo que compaginar las terapias invasivas, que le dejaban varias secuelas físicas, con sus responsabilidades como sacerdote. “Sentí mucha fortaleza, una fortaleza que incluso me ponían quimioterapia el viernes y el sábado ya estaba celebrando Eucaristías en los pueblos, con la gente, con los niños, porque venía ese ardor tan grande de sentir que Él me acompañaba”, asegura el presbítero, que además es subdelegado de Cáritas Diocesana de Mallorca, una labor que le ha devuelto el sentido de ser sacerdote.
“Me gusta mucho la proximidad. Me gusta tocar el sufrimiento humano”, explica. Si bien sabe que todavía debe evitar determinados riesgos a causa de la fragilidad de su sistema inmunitario, sigue muy cerca de quienes sufren.
Su compromiso con Cáritas comenzó ya en la etapa del diaconado. Allí encontró una forma concreta de vivir el magisterio social de la Iglesia y acompañar a personas especialmente vulnerables, entre ellas numerosos inmigrantes que han llegado a Mallorca buscando una oportunidad.

En total, este sacerdote se ha sometido a seis ciclos de quimioterapia. Los resultados sorprendieron incluso a los especialistas. En la tercera sesión, un PET-TAC confirmó que el linfoma había desaparecido. Posteriormente recibió un trasplante autólogo y los controles posteriores continúan siendo positivos. Al mirar atrás, considera que toda la experiencia tuvo también una dimensión espiritual decisiva: “Fue un reto para purificar mi vida”.
Una carta del Papa León XIV
En junio, coincidiendo con la visita del Papa León XIV a España, decidió escribirle. No había podido participar en ninguna de las celebraciones presididas por el Pontífice, ya que en aquellos días estaba recibiendo el trasplante. Tiempo después recibió, a través del secretario del Papa, el sacerdote peruano Edgar Rimaycuna, una muestra de cercanía que le conmovió profundamente.

“Qué bonito sentir que la Iglesia sigue acompañando mi camino”, afirma el P. Forero. Desde que se hizo público el diagnóstico de cáncer de pulmón del que fue operado el Santo Padre el pasado martes 13 de octubre, no ha dejado de rezar por él. “Yo sé que al Santo Padre la enfermedad le fortalece también”, explica.
“La fecundidad de nuestro sufrimiento a los pies de Cristo cobra muchísimo sentido”, relata convencido el P. Forero.